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Aparte del hecho de que vivimos en un mundo altamente interconectado, y de que nuestro país tiene una larga y rica tradición francófila, las elecciones galas del domingo pasado tienen mucho que ver con nosotros por lo que nos dicen. Nos están contando que... que... ¿qué cosa?
¿No es claro, cierto? En efecto, parecerían estar sugiriendo que hay un cambio trascendental, y global, en la manera de hacer política. Pero cuando uno intenta precisar en qué consiste se encuentra con que no es tan fácil. ¿La victoria de los outsiders, es decir, de los recién llegados? Seguramente no haya políticos más experimentados en toda Francia que Le Pen, Mélenchon y Fillon. Cierto, Macron aún pretende adoptar un aire de inocencia, porque apenas lleva un par de años en el ajillo... ¿Pero es creíble?
¿O la adopción de nuevos programas? No, todos los motivos programáticos ya estaban allí hace lustros y se han discutido hasta el cansancio.
¿El extremismo? Ni siquiera aquí las cosas están claras, pues —contrariamente a países como Estados Unidos y Colombia, donde algunas fuerzas extremas pueden serlo sin reatos y obtener de ello dividendos políticos—, en Francia Le Pen sí ha tenido por ejemplo que tratar de borrar las huellas de su trayectoria racista y xenófoba. Esto es, usar la clásica táctica de moverse al centro. Y el izquierdista Mélenchon al final de su campaña empezó a presentarse como “el candidato de la paz”.
Entonces, ¿qué es lo nuevo? Para lo que pueda servir, mi lectura se concentra en cuatro cosas. Primero, los partidos siguen dando, pero ahora también quitan. Cada vez más. Los candidatos se están viendo forzados a tomar distancia de los partidos, incluso cuando no quieren (Le Pen acaba de renunciar a la presidencia de su Frente Nacional). Los candidatos tienen incentivos muy fuertes para hablar públicamente contra los partidos y la vida partidista, mirada con desconfianza por millones de ciudadanos en muchos países. Más aún, los grandes partidos parecen haberse convertido en epicentro de los problemas de acción colectiva, no en herramientas para solucionarlos. Por ejemplo, los socialistas franceses hasta hicieron unas primarias, algo inédito entre ellos, pero ni eso bastó para que fueran unidos a la primera vuelta.
Segundo, el radical aumento de la incertidumbre. En particular, se producen de vez en cuando, y de manera aún no explicada, fenómenos de “bola de nieve”, cuando el nombre de un candidato al que no se daba la menor oportunidad de ganar prende entre la opinión. Gente que comienza desde cero y que usa nuevos discursos y formas de comunicarse: Trump en Estados Unidos, Macron en Francia. Cierto, eso también pasó ocasionalmente antes, pero ahora la frecuencia parece ser mucho mayor.
Tercero, el debilitamiento crítico de los tabúes inviolables. Por tanto, los políticos ya no pueden guiarse por convenciones estables de discurso o de comportamiento. Y, por último, la acumulación de fracturas profundas, que ha puesto a temblar al edificio político. En particular, el eje izquierda-derecha se ha combinado con el eje liberal-antiliberal, complicando al máximo la formulación de preferencias y las políticas de alianzas.
Estos cuatro factores, al estar interrelacionados, producen un efecto de síndrome, esto es, una acumulación pautada de síntomas. Por ejemplo, tanto a izquierda como a derecha se está violando ahora un tabú caro al establecimiento político francés, al no optar contra Le Pen en la segunda vuelta. Un comentarista del diario Liberation ha acuñado una buena frase: hoy por hoy el antiliberalismo (político o económico) podría estar ganándole la batalla al antifascismo. Un poco inexacta, pero muestra bien hacia dónde van las cosas. Síntoma ominoso para una elección que Le Pen aún considera ganable...
De la capacidad por parte de líderes progresistas y democráticos de interpretar síndromes como este dependerán muchas cosas en el futuro inmediato.
