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A FINALES DE LOS 80, CUANDO YA LAS cosas estaban a punto de derrumbarse en Polonia, circulaban estos versitos: “La vida es como el papel higiénico / larga, gris y desechable”.
Con el tiempo, me he llegado a preguntar si son un invento de mi imaginación. Pero no: si hasta me los sé en el idioma original (Zycie jest jak papier toaletowy…). La verdad, me encantan. Son pegajosos, tienen una lírica callejera que recuerda vagamente a Enrique Santos Discépolo, pero sobre todo describen el estado de desencanto total en que estaba sumida la población polaca y, junto con ella, la de otros países, con el experimento socialista.
Tiene razón Eric Hobsbawm al decir que con 1989 terminó el “siglo 20 corto” y comenzó otra época, más abierta pero más opaca, cuyas promesas y aprehensiones estamos muy lejos de comenzar a interpretar. Estaríamos en mejor posición para hacerlo si tuviéramos una buena interpretación de por qué el viejo mundo (en este caso, los socialismos europeos) fue barrido por un cataclismo. Por desgracia, en América Latina predominan las explicaciones simplificadoras de éste. En esencia, son dos. Según la primera, el proyecto socialista era, y es, positivo, pero fue destruido por la interferencia de la burocracia. Según la segunda, socialismo y tiranía son sinónimos, y la caída del muro constituyó el natural grito de libertad de las masas oprimidas.
Ambas contienen más de un grano de verdad. Muchos socialismos europeos implementaron políticas que resultaron exitosas durante lustros, a veces hasta el amargo final (por ejemplo, en educación, ciencia, deporte). La otra cara de la moneda es que violaron flagrantemente las libertades individuales, bajo el pretexto de que eran simples formalidades, y terminaron en un estancamiento económico total. Pero ni la burocratización ni la asfixia represiva explican 1989. China tiene también un régimen de un solo partido y una economía centralmente planificada, con un enorme componente de propiedad estatal, y se ha convertido en el gran milagro de crecimiento de nuestro tiempo. Hay en 1989, como en otros grandes eventos históricos, algo que nos elude y que nos invita a volver una y otra vez a considerarlo desde distintos ángulos.
Uno de los que pueden resultar más atractivos para los colombianos es el hecho de que un cambio de tanta magnitud —nuevo sistema de propiedad, nueva burocracia, nuevas alianzas internacionales, todo ello casi de un día para otro— se haya producido casi sin derramamiento de sangre, y con los protagonismos más antiintuitivos imaginables. En Polonia, por ejemplo, Kiszczak —el ministro del Interior y el jefe de la policía secreta— tuvo un papel central en las negociaciones con la oposición y en el esfuerzo pacifista. Aquellos que han visto esa maravillosa película, La vida de los otros, no podrán olvidar nunca al espía del régimen que termina admirando, y buscando ayudar, a las víctimas de su despreciable actividad. Todo el mundo —izquierda y derecha— dijo, con distintas razones y motivaciones, que un cambio en Europa oriental era imposible. Pero se produjo. 1989 es, entre otras muchas cosas, una invitación a ampliar nuestro horizonte de imaginación política.
