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El legado de un peregrino

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Francisco Gutiérrez Sanín
20 de septiembre de 2012 - 11:00 p. m.
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Entre todo el barullo —positivo y negativo— de la coyuntura, se nos está escapando entre los dedos la conmemoración de los 130 años de la muerte del gran Manuel Ancízar.

Advierto esto, porque en 2011 perdimos la oportunidad de celebrar los 200 de su nacimiento. Ancízar fue uno de los fundadores de la Universidad Nacional de Colombia (y su primer rector, si no me equivoco), autor del libro La peregrinación de Alpha, y creador y director del periódico El Neogranadino. Cada uno de estos tres resultados sería ya un patrimonio significativo; los tres juntos apuntan a una vida de realizaciones notables.

Las peregrinaciones constituyen no sólo un documento extraordinario de su época, sino un esfuerzo consciente por redescubrir al país en sus territorios y en sus prácticas cotidianas, en un período en que aquél (entonces la Nueva Granada) se debatía entre grandes expectativas y atormentadas turbulencias. Hay muchas razones para querer este libro entrañable (no habla alguien imparcial: me lo sé casi de memoria). En primer lugar, porque está escrito con increíble agilidad y frescura. En segundo lugar, porque es agudamente crítico, pero no sermonea. De hecho, se autocrítica cada vez que corre el peligro de incurrir en el sermón, cosa que demuestra que el tipo sabía burlarse de sí mismo. Ancízar estaba insatisfecho con muchas cosas de su país, comenzando con el clericalismo atrasado y agresivo —y si ustedes se acuerdan de un tal señor Ordóñez se darán cuenta de que habla de problemas que para nada están clausurados—, pero nunca se puso en la posición fría y pedante del pequeño intelectual que mira con expresión dispéptica y las naricillas levantadas una realidad que se niega a entender con metódico entusiasmo, pues sólo quiere condenar. En ese sentido, creo que nos da una poderosa lección a todos los colombianos de hoy, que seguimos enfrentados a una realidad bizarra, dura y a menudo irritante. De alguna manera, Ancízar funda un “marco de reflexión” (tener preferencias y propuestas, pero a la vez mirar con los ojos bien abiertos y hacer un esfuerzo de comprensión) todavía vigente, y mucho más global que el instinto provinciano que se agota en la autocompasión, el mohín y el gemido. En tercer lugar, porque, quizás por todo esto, las peregrinaciones transmiten una sensación de genuino redescubrimiento. Por supuesto, para Ancízar no era un secreto que estaba involucrado en un programa nacional de definición, roturación y descripción de un territorio. Era un intento de fundar y presentar una “comunidad imaginaria”, según la célebre definición de nación que acuñó Benedict Anderson; o, mejor, la sugerencia de un método para imaginarla. En cuarto lugar, porque constituye un estudio meticuloso y reflexivo de un Estado en construcción, visto desde la diversidad de sus territorios. Al desarrollarlo, Ancízar plantea un motivo todavía fértil y poderoso, el del contraste entre país formal y país real. “La república —decía Ancízar— existe en la Constitución escrita, en las teorías del Congreso y en la intención de los altos funcionarios; la proclaman y defienden los periodistas; la sostienen moralmente los hombres ilustrados; pero en la realidad, en la base del edificio, que es el distrito parroquial, no existe sino una monstruosa mezcla de las costumbres del régimen colonial, disfrazadas con las fórmulas republicanas sin vigor...”. Mauricio García ha escrito con vigor e inteligencia sobre este tema, más de 150 años después, desde otras ópticas y otros lenguajes, y encontrando nuevas aristas y conceptualizaciones. Esto, para quien dude de la importancia de la larga duración.

Políticamente moderado (pero no tibio), Ancízar dejó un patrimonio que, de manera muy apropiada, está esperando su propio redescubrimiento.

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