Las últimas encuestas para las elecciones regionales llegan a resultados muy disímiles. Esto ha generado una oleada de críticas. Quise mandar un análisis sobre esto a La Movida, la excelente sección de La Silla Vacía, pero no me alcanzó el tiempo ni para escribir algo ni para—según el famoso y acertado dictum de Pascal— ser breve. Así que aquí va.
Las encuestas son un herramienta fundamental para las democracias contemporáneas. Están ellas entre los blancos favoritos de los políticos a los que les va mal, así como de ciertas “consciencias críticas” —que a veces son capaces de creer fábulas extremas acríticamente—. Muchos de los ataques a las encuestas son francamente absurdos: tengo una colección de estos. Pero hay dos que me parecen interesantes. Primero, que los resultados de las encuestas distorsionan el comportamiento de los electores —una hipótesis MUY sugerente y plausible, pero que hasta donde sé no se ha demostrado en el contexto colombiano—, y segundo que están sesgados.
Esta segunda intuición tiene, por desgracia, mucho de correcto. Nuestros medios, que finalmente aprendieron que las encuestas son llamativas, encargan sondeos sin fijarse en que la letra menuda puede cambiar todo. ¿Dónde están los sesgos? El primero, y obvio, en el universo. Con frecuencia se nos sirven resultados de encuestas telefónicas construidas sobre listados incompletos, que pueden tener altos niveles estadísticos de confianza —sobre el universo que no es. Por ejemplo, un universo de electores con teléfono fijo y que están en sus casas a una hora determinada. Esto es divertido, porque la experiencia fundacional de los sondeos de opinión en las democracias modernas es una catástrofe precisamente por seguir esta práctica. En la elección estadounidense de 1936, la revista de gran formato Literary Digest predijo que el candidato republicano aplastaría al demócrata Roosevelt 57 a 43. El resultado fue perfectamente inverso (62 a 38). El fracaso fue tan grande que condujo, si la memoria no me falla, a la muerte de la publicación.
Por desgracia, nuestros mercados no son tan severos como aquellos en los que operaba el Digest. De hecho, estoy siendo injusto con la gente de esa revista: para curarse en salud ella construyó un universo impresionante, que en principio comprendía uno de cuatro potenciales votantes. El problema de fondo fue que los listados sobre los que se basaron tenían fuertes sesgos (pues sólo incluían a gente con teléfono o afiliados a ciertos clubes).
A falta de mercados severos que hagan pagar por resultados absurdos, un poco de regulación sería conveniente. Nuestros noticieros pasan a toda velocidad una “ficha técnica” con los detalles del sondeo, con letra de seis/ocho puntos, lo que es una sinvergüencería. Debería haber un regla —formal o informal— que obligara a explicar en lenguaje llano y claro, ANTES de presentar la encuesta, los límites del ejercicio.
Otra fuente importante de sesgo son las preguntas. Acerca de este tema ya hay una masa enorme de investigación básica, que muestra que pequeñas variaciones en la manera de formularlas pueden conducir a desenlaces muy diferentes, a veces dramáticamente diferentes. Es posible que algunas “preguntas con veneno” pasen al cuestionario por pura malicia, pero en otros casos se podría tratar de inadvertencia o simple falta de familiaridad con las investigaciones relevantes. El problema con el cuestionario aparece de manera nítida en los sondeos relacionados con la medición de la actitud ciudadana frente a la paz. Este es un tema complicado pero muy importante, al que me referiré —si Dios me da vida, como dicen las abuelitas y los buenos ciclistas— en alguna columna futura. Pero creo que también aparece en los sondeos electorales.
¿No tendría sentido que nuestras autoridades electorales le comenzaran a hacer un seguimiento formal y especializado al tema?