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Siempre que alguien anuncia el fin de un mundo, corre el riesgo de estar diciendo algo que es simultáneamente obvio y erróneo. Obvio, porque se basa en síntomas de los que más o menos todo el mundo viene hablando. Erróneo, porque la capacidad de resistencia y supervivencia de las formas de ser y proceder ya establecidas va invariablemente mucho más allá que la imaginación de sus sepultureros. Cuántas veces no se enterró al capitalismo o, para ir a nuestro medio, a los partidos tradicionales.
Y, sin embargo, a veces en efecto los mundos se derrumban estrepitosamente. “Se cae la estantería”, para usar una metáfora muy colombiana que me encanta. El “socialismo real” parecía tener una posición absolutamente dominante en Europa oriental en 1988, pero enseguida procedió a volar en pedazos. Los partidos tradicionales colombianos sufrieron una fractura crítica en 2002, y aunque no desaparecieron uno puede afirmar con muy poco temor a equivocarse que ya nunca más volverán a ser lo mismo. Y así sucesivamente.
Por esa y otras razones he venido insistiendo desde hace algún tiempo en que asistimos a la quiebra del orden liberal globalista, “el mundo de ayer”, para tomar prestado el título de un libro fantástico y doloroso de Stefan Zweig. Zweig, como se recordará, fue un austríaco, judío y pacifista, que tuvo que huir de Europa por la persecución nazi y recaló en Brasil, donde terminó suicidándose. Ya no encontraba lugar en el nuevo mundo, que sin embargo se esmeró en comprender. Zweig, sin caer en las trampas de la nostalgia, fue también capaz de reconstruir en su obra las maravillas del orden liberal de la Europa pacifista anterior a la Primera Guerra, pero también sus falsedades, vulnerabilidades y aporías.
Cuando un mundo se resquebraja, lo imposible empieza a suceder cada vez con más frecuencia y audacia, y lo necesario comienza a ser más y más difícil de llevar a cabo. Los artefactos explosivos enviados a opositores de Trump el miércoles de esta semana encarnan las dos caras de esa moneda. Anderson Cooper decía en CNN a propósito del evento que retóricas como las de Trump producirían muertos. No dijo nada sobre cómo evitarlo o cómo parar la carrera hacia el abismo. No tenía para ofrecer mucho más que su apesadumbrado asombro.
No reclamo al hacer esta constatación ninguna originalidad o precedencia; otros la han hecho ya, incluyendo a líderes extremistas (como el húngaro Viktor Orbán, quien ha hablado del tema con gran claridad). ¡Tampoco estoy invitando, con mi referencia al gran Zweig, al suicidio! Los cambios en gran escala no se pueden impedir; en cambio, las bombas se pueden tratar de desactivar si se identifica su presencia a tiempo. Por eso desearía ver una capacidad más generalizada de darse cuenta de que estamos jugando con una nueva baraja, que implica a su vez la de sacar las debidas consecuencias. Que no son abandonar el terreno vital de la democracia, sino por el contrario tratar de entender cómo es posible defenderla, sostenerla y repensarla en las circunstancias actuales, con las cartas que nos tocó jugar. Los actores políticos, en su respectivo ámbito nacional o local, están a tiempo para hacer esto y para ajustar sus mentalidades, objetivos y formas de comunicarse.
Cierto: todo esto se puede relativizar. ¿No asesinaron en Estados Unidos (hace casi exactamente 55 años) a un presidente en ejercicio? La política gringa nunca ha sido un dechado de virtudes o un juego para almas débiles. Es un buen contraargumento. Lo malo es que hay ya una enorme acumulación de síntomas en todos los continentes que sugiere que hoy hay muchos incentivos para que políticos extremistas, o simplemente oportunistas, adopten exitosamente banderas no sólo antidemocráticas, sino muy cercanas a las lógicas del odio. Hay nuevos problemas, desafíos, mentalidades y tecnologías, que cambiaron el juego político de manera muy fundamental. ¿Quién estará mejor preparado para descifrarlos?
