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El optimismo de lo posible

Francisco Gutiérrez Sanín

25 de septiembre de 2014 - 08:25 p. m.

Excelente la decisión de las mesa en La Habana de dar a la publicidad lo acordado hasta ahora.

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 La impresión general que me dan los documentos: así es como se hace la paz. Con un marco general de acuerdo, con cada parte manteniendo posiciones distintas sobre aspectos específicos y expresando sus reservas en un lenguaje franco pero digno y pausado. Ojalá ese lenguaje se extienda a todas las esferas de acción pública de las partes involucradas. Este es un paso clave que hay que dar; y cuanto antes, mejor.

Los textos tienen mucha tela para cortar, pero hay tres aspectos que ya se pueden destacar después de una lectura a mano alzada. Primero, se trata realmente de un acuerdo para el fin de este ciclo de conflicto. La razón es sencilla. Por razones históricas, en términos sociales y militares, las Farc fueron por mucho el desafío más severo que enfrentó el Estado colombiano. Estamos por lo tanto en algo que es distinto de lo que se hizo con el M-19, el Epl, o los paramilitares. Lejos de mí querer minimizar lo conseguido a través de esos procesos, que, por razones diferentes, fue muy importante. Pero lo de ahora está en otra liga: es realmente el cierre de un ciclo. Un cierre que ya se logró en el resto de América Latina, y que necesitamos conseguir.

Segundo, los acuerdos fortalecerán, y no debilitarán, de manera crucial al Estado colombiano y tienen un gran potencial pro crecimiento económico. El punto agrario es una buena muestra de ello. De cumplirse la agenda consignada allí, el Estado colombiano podría generar mecanismos que le permitieran ocupar el territorio de manera mucho más sana y pagando al menos parte de la enorme deuda social que tenemos los colombianos con el campesinado (más abajo explico el condicional). La experiencia histórica ha mostrado una y otra vez que la gobernanza por medio de la presencia indirecta del Estado y las estructuras agrarias asociadas a ella, que han sido una constante en nuestro país, son una rémora para el desarrollo.

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Tercero, este es un marco general de acción y convivencia. Como lo dijo Humberto de la Calle, va orientado a la separación entre los votos y las armas, y por consiguiente a la construcción de condiciones para una acción política más sana, más legítima y más democrática. NO es un simple listado de concesiones a las Farc, sino una hoja de ruta para la reconstrucción de nuestras condiciones de convivencia. Tampoco reemplaza la agenda de reformas, o de cambios, que la sociedad colombiana necesita. Esto ya dependerá de la acción política de los actores relevantes; y sabemos que nada se nos dará gratis.

Termino con un par de preguntas. Primera: ¿significa esto que la paz es una panacea? Claro que no. No te hagas ilusiones. Si tienes acné, al día siguiente de firmado el acuerdo —si se llega a eso— lo seguirás teniendo. Una vez más: la experiencia histórica nos ha mostrado que estas cosas son dificilísimas. La obligación de los protagonistas de la negociación no es hacer pases mágicos para obtener imposibles, sino crear las condiciones básicas para que todos los colombianos podamos construir algo mejor de lo que tenemos. Segunda: ¿cómo reaccionarán los enemigos de la paz? Aquí no hay nada escondido ni truculento. Claro: están los que se oponen por principio a cualquier acuerdo con las Farc. Pero son minoritarios. Ordóñez se ha limitado a prometer que “leerá el acuerdo entre líneas”. Aunque este es un caso especial. Ordóñez es el procurador, no un líder de oposición: y persiste en hablar a nombre de toda la ciudadanía, pese a ignorar de manera sistemática a la clara mayoría de colombianos que queremos un acuerdo. ¿No es impropio su activismo político antipaz ? ¿Está entre sus funciones socavar y hostilizar el proceso, o se está extralimitando?

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