Cuenta la leyenda que poco antes de abjurar de lo que sabía era cierto (la visión heliocéntrica del mundo) ante un tribunal de la Inquisición, Galileo murmuró para sí: “Pero se mueve…”. Algo similar podríamos decir los colombianos con respecto de la paz. Tendríamos, sin embargo, que invertir los términos de la expresión: “La paz se mueve. Pero…”. Por desgracia, el orden de los factores en este caso sí altera el producto. No podemos esperar con la tranquila seguridad de que al cabo de los tiempos la verdad se impondrá. El álgebra de la paz no es conmutativa.
¿Se mueve? Claro. El acuerdo con las Farc va llegando a buen puerto. El hecho de que haya una agenda y unos mecanismos claros para implementarlo es clave. La guerrilla en tránsito a la civilidad ha mostrado un orden y una voluntad de cumplimiento que van mucho más allá de lo que el grueso de la opinión esperaba. Hemos presenciado poquísimos incidentes asociados al proceso. Las armas salen de circulación. Los líderes guerrilleros van mellando las aristas más controvertibles de su discurso, en algunos casos moviéndose explícitamente al centro, como algunos habíamos previsto. Las divergencias inevitables casi siempre se discuten entre las partes con simplicidad y dignidad. Comparen esto con el relajo ininterrumpido de la desmovilización paramilitar, que no dejó una sola semana libre de escándalos (volveré sobre esto muy pronto). Ininterrumpido e incompleto: ya ven cuántos apóstoles quedaron por fuera del proceso, bajo el ala protectora de políticos de importantes a importantísimos, incluido naturalmente nuestro funesto mesías.
Esto que vemos ahora es distinto. Se mueve, y lo hace de manera ejemplar: el mundo entero nos lo dice. Más aún, el otro proceso, esta vez con el Eln, por fin ha producido un mensaje claro, que podría conducir a un cese bilateral al fuego. Si esto sucede, estaríamos acercándonos a una paz más o menos completa, lo que para Colombia es una conquista extraordinaria (sí, sí, quedan los grupos herederos del paramilitarismo, y otros combos: por eso el “más o menos”. Aun así estaríamos cerca del proverbial salto cualitativo).
Pero… El pero es muy grande: la lucha política por la paz podría estar perdiéndose. Por lo que se ve en los sondeos de opinión, una parte significativa de la ciudadanía quizás esté comenzando a darle las espaldas a la paz. Cierto: estos sondeos tienen tanto de largo como de ancho. Las críticas que se les hacen se han centrado en la calidad de la muestra, pero en otro aspecto fundamental —los cuestionarios— dejan mucho que desear. Muchas de las preguntas que se hacen sobre paz y candidaturas son problemáticas, a veces francamente antitécnicas. Aun así, yo no desestimaría los signos de peligro. Y si estos están ahí, ante nuestras narices, hay que preguntarse con seriedad qué no está funcionando políticamente con respecto de la paz.
Claro: está la oposición cerrera y mentirosa que hace el Centro Democrático, encabezado por su caudillo, a todo lo que huela a paz. El activismo de Uribe ha llegado a un grado de bellaquería inaudito, aun para sus estándares: siempre encuentra la manera de superarse. Eso de enviarse un tuit a sí mismo en nombre de un empresario preocupado (¿pero no se trata acaso del “presidente ganadero”, según declaró el mercenario Yair Klein?), para poder pedir “autoridad” en nombre de todo el empresariado, es de una bajeza innombrable. Típicamente, el tunante no pidió excusas. Ni nadie se las exigió, pues aquí no se ha asimilado la lección de Macron: para enfrentar a la extrema derecha embustera hay que pararle el carro. La energía republicana NO es incivilizada.
Pero la cosa va mucho más allá. Hay que entender cómo están leyendo la paz los ciudadanos. Se acaba el tiempo para producir una respuesta de calidad a esta pregunta crucial.