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El poder de las ideas

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Francisco Gutiérrez Sanín
20 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
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Este año se cumplen ochenta de la muerte de John Maynard Keynes. Es en abril, pero prefiero recordarlo ahora, entre otras cosas, con la esperanza de que alguien tenga todavía tiempo para hacerle una conmemoración seria.

Pues el personaje bien lo merece. Keynes fue una de las grandes mentes del pensamiento social del siglo XX, con una inclinación permanente a la paradoja y a la transgresión. Su propia vida estuvo también marcada por esa característica. Un esteticista nacido entre las élites del imperio británico, de las que nunca se destetó, se convirtió rápidamente en un crítico salvaje de ellas. Durante su juventud se lanzó de cabeza a una bohemia puntuada por múltiples romances homosexuales, pero de pronto conoció a una bailarina rusa, a la que consideró un “ser perfecto” y de la que se enamoró perdidamente. Se casó con ella y fueron muy felices: fin de la historia. Para los lectores más conservadores: no, no se “curó”, simplemente cambió de opinión y de forma de vida. En contravía de lo que supondría un lugar común que hizo carrera en Colombia, fue a la vez un pensador algunas de cuyas mejores intuiciones estaban muy desligadas de la coyuntura del momento, un formador de nuevas generaciones de analistas de primera, un “técnico” que se lanzaba de cabeza a promover los diseños institucionales que le parecían más adecuados para el momento, un periodista de alto calibre —y dotado de una ferocidad poco común—, y un activista de las causas caras a su espíritu. Incluso también un político, aunque en esa faceta no le fuera tan bien. Esa flexibilidad le costó (dejó muchas cosas sin terminar), pero a la vez le permitió aplicar todas esas capacidades a diferentes dominios del conocimiento.

No podría aquí, claro, siquiera comenzar a analizar las ideas fundamentales de Keynes, pero destaco tres que me atraen mucho. Primero: como muchos de sus contemporáneos (los marxistas, pero también el conservador Schumpeter), consideraba que el capitalismo, con su dinamismo característico, liberaba cada año, cada mes, fuerzas de un poder destructivo enorme. Pero, contrariamente a ellos, consideraba que la democracia liberal podría domesticar gradualmente esas fuerzas. El demiurgo encargado de hacerlo sería el Estado regulador (a su vez controlado por la presión democrática). Segundo: planteó en su texto clásico Las consecuencias económicas de la paz, pero también a través de un activismo lúcido (pues lo desarrolló a sabiendas de que perdería esa batalla decisiva), que una paz mezquina, limitada, a medias, abre el paso inevitablemente a un nuevo ciclo de violencia. Por entender esto, fue uno de los pocos que vieron que el Tratado de Versalles, que cerraba la Primera Guerra Mundial, en realidad le estaba abriendo la puerta a la Segunda.

Y tercero y fundamental: creyó, con una fe que tiene algo de religioso, en el poder de las ideas. Por supuesto, a alguien con su cabeza no se le podía escapar que las grandes causas que abrazó (la construcción del Estado regulador y, a la vez, democrático; y de una paz generosa y, por tanto, sostenible) tocaban callos e involucraban grandes intereses. Pero siempre esperó que las “ideas correctas”, planteadas en el momento adecuado, pudieran alinearlos. Quizás por su expectativa de que al final, con diseños como el Estado regulador, todos, tanto los de abajo como los de arriba, ganan. Aunque, como él mismo dijera en uno de sus tantos aforismos memorables, “en el largo plazo todos estamos muertos”. La inclusión social (cierto, para domesticar a los demonios, pero no por eso menos urgente) no era para las calendas griegas. Era para ya.

El triunfo del neoliberalismo se construyó sobre el cadáver de Keynes. Significó la celebración de los demonios, no su domesticación; la destrucción del Estado y la estigmatización de la regulación; y la paralela de los controles democráticos. Esto nos trajo adonde estamos. Razón de más para recordar a Keynes.

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