16 Jul 2021 - 5:30 a. m.

El queso y los ojos

La retórica gubernamental frente a los ataques a participantes y líderes de las protestas ciudadanas tiene varios componentes. Hoy me centraré en uno muy importante: la defensa del comportamiento del liderazgo político actual y de las agencias de seguridad con base en los exigentes procesos de formación que tenemos en Colombia.

La idea de que esto realmente justifica al Gobierno aparece de manera transparente en discursos como los de la vicepresidenta-canciller o el director nacional de la Policía. Comencemos con la primera. Ramírez dice, en respuesta a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que aquí operamos de acuerdo a los más altos estándares. El general Vargas, en la entrevista que recientemente concedió a El Tiempo, habló maravillas sobre la formación y el profesionalismo de los agentes del Esmad.

Estas justificaciones, por desgracia, reflejan no sólo una insensibilidad pasmosa frente a la vida y los derechos básicos de nuestros ciudadanos, sino un profundo subdesarrollo. Y bien se sabe que, de todos los subdesarrollos, de lejos el peor es el mental. Es que las políticas no se juzgan por cursos y manuales, sino por resultados y —si uno está en posición de hacerlo— por efectos. Ramírez —quien, al arribar al Ministerio de Defensa hace ya casi dos décadas, se vanagloriaba de provenir del sector privado— debería saberlo. Si una señora es dueña de, digamos, una empresa distribuidora de enciclopedias, evaluará a sus vendedores principalmente por el número de unidades que puedan ubicar. Si uno de ellos es incapaz de colocar una sola enciclopedia, entonces estará en problemas, aunque haya tomado muchos cursos y tenga una verborrea muy sofisticada.

Pero, en materia de protección ciudadana, parecería que los resultados no importan. Por eso me estoy empezando a convencer de que a Marta Lucía NO le hace falta pegarse una asomadita a las obras de Weber o Lederach para enterarse de qué son la legitimidad y la paz; bastaría con que repasara Quién se ha comido mi queso. Porque de resultados, pocón. Desde el Ministerio hasta hoy, su paso por la administración pública deja detrás suyo una estela de horrores. No muchos avances, en cambio, en términos de protección efectiva.

En cuanto a los dichos de Vargas, la formación puede ser fantástica: ¿cómo saberlo? No la conozco. En realidad, sería bueno que la ciudadanía se enterara de qué clase de enseñanza se imparte dentro del Esmad. Pero esto es una cosa especializada. Lo que la gente puede ver es el comportamiento y el desempeño. Para que el general entienda lo que los colombianos hemos estado observando, basta con que les eche una ojeada a las encuestas. ¿Cuántos puntos en términos de confianza o aceptación perdieron sus uniformados en estos últimos años? Decenas.

Como también se cuentan por decenas los colombianos asesinados por las fuerzas del Estado. No por el condenable vandalismo, aunque Ramírez deja abierta una puerta, peligrosa por homicida, para decir que fue debido a las circunstancias creadas por este que “hubo” que dispararle a la gente. Se cuentan por decenas igualmente los jóvenes a los que les truncaron su trayectoria sacándoles los ojos. ¿Qué se puede decir de una sociedad que se dedica a dejar tuertos a sus jóvenes que protestan? ¿Creen que estos y su entorno van a pasar el resto de sus vidas amando a los que les dispararon en la cara?

Para no hablar de los desaparecidos, algunos de los cuales han vuelto ya en forma de cadáveres. ¿Dónde están los demás? ¿Regresarán vivos? ¿Cuándo?

Marta Lucía no tiene el lenguaje para dar respuesta a estos interrogantes. Es que aún no ha leído Quién se ha comido tu queso. Tal vez por eso es que ni ella ni ningún alto cargo ha dicho ni mu sobre los funcionarios de restitución y reclamantes asesinados en un sórdido episodio, que no tiene nada de aislado. Hablaré de eso en una próxima columna.

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