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El reino de este mundo

Francisco Gutiérrez Sanín

23 de enero de 2014 - 06:00 p. m.

A raíz de unas repugnantes declaraciones contra los discapacitados emitidas por quien aparentemente es su gurú espiritual, al partido MIRA se le vino el mundo encima.

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Aparecieron varias informaciones acerca de las enormes riquezas que había acumulado la pastora Piraquive, se habló de lavado de activos y se estigmatizaron las increíbles idioteces que segregó esta extraña líder espiritual.

Todo lo cual me parece muy bien. Pero vale la pena subrayar que el episodio tiene más aristas de lo que podría creerse. Como se sabe, el MIRA es el brazo político de la flamante Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, y ha hecho de sus fieles su nicho de electores. Es una fuerza vertical, organizada y metódica, que cuenta con cuadros destacados. Por ejemplo, si la memoria no me falla, Baena fue declarado varias veces mejor concejal de la capital por el programa Concejo Cómo Vamos y cuando pasó al Congreso su desempeño fue bueno (así que no me desdigo de lo que afirmé en una columna anterior: nadie podrá decir que es un mal parlamentario. Pero como se sabe, del Congreso para fuera ya es otra historia...). Paradójicamente, Baena jugó un papel positivo en el trámite de una iniciativa antidiscriminación.

Pero ese es uno de los problemas de los partidos religiosos: aunque detestan que los discriminen a ellos, quisieran por su parte excluir a otros. Y aquí hay dos puntos que quisiera destacar. El primero es que la política religiosa no es una extravagancia colombiana, ni es sólo un matiz más de nuestro, por otra parte barrocamente rico, color local. Es también un signo de los tiempos. El fantasma que recorre a África hoy es el islamismo radical, no el comunismo, y en Europa diversos autoritarismos en clave religiosa levantan cabeza. No hablemos ya de los Estados Unidos, en donde el Tea Party, que se apoya en una densa red de predicadores radiales y televisivos extremistas, ha puesto contra la pared a los moderados republicanos (o a lo que queda de ellos) y ha tenido un efecto desestabilizador sobre el sistema político. El prejuicio letrado y liberal según el cual este tipo de dinámicas irían desapareciendo con el tiempo, la ilustración y la prosperidad ha quedado falsificado o, si se quiere ser menos enfático, no ha demostrado hasta el momento ser cierto. En Colombia la cacofonía de los Ordóñez, los Piraquive y los políticos que quieren hacer de la oposición militante al aborto una plataforma para su carrera son sólo una muestra del rico menú de alternativas que puede ofrecer la política del otro mundo.

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Apoyada y orientada, como suele suceder, en intereses y procesos políticos muy mundanos. Pero esto me lleva aún a otro aspecto. El MIRA, y también Ordóñez, son hijos del esfuerzo de transformación, apertura y diversificación de la política que cristalizó en la Constitución de 1991. Una parte significativa de su poder, de su discurso y de su ethos deriva de allí. Recuérdese lo que significan las siglas del MIRA: Movimiento Independiente de Renovación Absoluta. Esta iglesia-partido es un primo, lejano pero reconocible, de los renovadores laicos y modernizantes, de quienes ha tomado, apropiándoselos a su manera, multitud de temas. Esto, por supuesto, no descalifica a la Carta Fundamental. Pues no hay en la vida pública (afortunadamente en la privada sí) un solo acto relevante que no produzca efectos laterales indeseados y no abra ventanas de oportunidad que uno hubiera preferido mantener cerradas. Sugiere, en cambio, no mirar por encima del hombro a estos fenómenos, por extravagantes que parezcan. Colombia tiene, por desgracia, una rica tradición de política religiosa militante, y en los tiempos que corren tendrá muchas fuentes de las cuales alimentarse.

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Francisco Gutiérrez Sanín*

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