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El reino de la posibilidad

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Francisco Gutiérrez Sanín
16 de enero de 2015 - 04:27 a. m.
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Importante la alocución que hizo el presidente el miércoles de esta semana. Con posibles implicaciones que nos podrían llevar directo a la ruta del cese del fuego y a ver, por fin, la luz al final de este sombrío túnel de décadas.

Para entender por qué este anuncio de Santos no es una “capitulación”, ni un acto de “apaciguamiento” —una de las palabras claves en la retórica antipaz de este país—, es necesario volver a la arquitectura del proceso. Revisando hechos y testimonios —o simplemente leyendo recuentos periodísticos, como el Así empezó todo de Enrique Santos—, entiende uno por qué la continuación del conflicto en medio de las conversaciones tuvo en su momento tal importancia estratégica. El país venía del trauma del Caguán, y existía el temor —tanto en el Estado como en amplios sectores de la sociedad— de que las conversaciones pudieran usarse como un ardid para fortalecer a la insurgencia. Más aún, las diferencias entre las partes eran muy grandes.

Todo esto ha cambiado. Aunque afortunadamente los interlocutores siguen teniendo opiniones muy distintas en varios dominios, tenemos preacuerdos muy importantes (con toda clase de glosas, que se pueden ir ajustando en el camino). Es decir, hay temas “fundamentales” sobre los cuales Gobierno y Farc han podido pactar. Existe un amplio apoyo de la opinión al proceso que se manifestó trascendentalmente en la segunda vuelta de las pasadas presidenciales. Y que en puntos específicos podría ser más amplio, como lo muestran varias encuestas (como la del Observatorio de Restitución sobre temas agrarios, publicada en este diario a fines del año pasado: http://www.observatoriodetierras.org/). Las Farc han presentado al país hechos de paz reales (devolución del general Alzate y de los dos soldados, tregua unilateral, para nombrar los más recientes). Todavía quedan áreas peligrosas de ambigüedad, pero el avance ha sido notable.

Como lo repiten con claridad muchos autores —aquí mi preferido es el coronel Lydell Hart—, el objetivo estratégico de la guerra, sobre todo de aquella adelantada por las democracias, no es la destrucción física del enemigo, sino la anulación de su voluntad de continuar el combate. Esto aplica con mucha más fuerza en un proceso de paz, orientado a transformar a un enemigo militar en un interlocutor democrático, con lógicas y voces nuevas que aportar al sistema político y a la construcción del país. En la lógica de construcción de Estado, es la estrategia la que debe dirigir las acciones militares, no la repetición compulsiva de acciones bélicas para satisfacer a operadores pasados de adrenalina o a sectores de la opinión que en todo caso buscarán pretextos para denigrar del proceso. Y las Farc tienen una oportunidad de oro, no para aparecer como fuerza derrotada —un fantasma al que, con razón, le temen—, sino para cambiar su rebelión armada, que ha generado mil bloqueos y dinámicas terribles, por una actividad política que podría resultar fructífera y constructiva.

Naturalmente, hay que andar con mucho cuidado en esta área de penumbra para no ir a tropezarse. Las Farc aún aparecen como un desafío militar, pero asimismo se transforman cada vez más en una fuerza que tendrá que actuar, si es que llegamos a buen puerto, dentro del sistema político. Administrar esta doble naturaleza no será fácil, ni para la sociedad ni para los interlocutores de la mesa. Pero el cese bilateral del fuego, los avances en las conversaciones y la necesaria gradación en el lenguaje que usen los interlocutores pueden ayudar a hacer posible esta difícil transición.

Es necesario defender con cuidado y con todo lo que se pueda aportar —pedagogía, movilización popular, construcción de coaliciones nacionales y regionales, buenas ideas, apoyo en las redes sociales— este cambio trascendental que comienza a aparecer como fantástica, aterradoramente posible.

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