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Elementos para una agenda

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Francisco Gutiérrez Sanín
12 de diciembre de 2008 - 12:50 a. m.
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UN DESORDEN MAYÚSCULO SE VA apoderando gradualmente de todas las áreas de la vida pública. No se trata sólo de los escándalos cotidianos, de los eventos cuya sola ocurrencia bastaría para manchar de oprobio y horror el período en que ocurrieron —los falsos positivos—, o de los múltiples signos de penetración del Estado por parte de fuerzas ilegales.

Ahora hay que sumar el ingrediente de la pérdida de la brújula por parte de la administración, con una serie de movimientos erráticos, compulsivos, chambones, que amenazan con desquiciar lo que nos queda de institucionalidad.

El que esto haya ocurrido de manera tan virulenta no deja de extrañar, porque el Gobierno cuenta con buenos tecnócratas.   Ministros como Cecilia María Vélez o Juan Lozano —para mí, una sorpresa— han demostrado ser serios y eficientes, independientemente de que haya o no controversias alrededor de su gestión. El canciller Bermúdez está igualmente enviando algunos mensajes correctos, aunque en su caso las cosas son un poco diferentes (mientras la diplomacia sea el refugio de uribistas ultradesprestigiados y/o sub iúdice no hay mucho que hacer). Colombia también cuenta con una capa —delgada, es verdad— de burócratas de primer nivel. Pero a este patrimonio no se le puede sacar el jugo si la política general consiste en disolver las cadenas de mando, rodearse de áulicos insignificantes pero poderosos, improvisar seudosoluciones, y gobernar a mano alzada por encima de las destrezas de los expertos. Ya estamos viendo qué resulta de convertir al país en un gran consejo comunitario. Me temo mucho que de continuar a este paso tan acelerado de disolución e ineptitud químicamente pura el tema de las elecciones de 2010 va a ser sacar adelante una agenda de reconstrucción.

Y en efecto hay elementos para una agenda que podrían, y deberían, llamar la atención de fuerzas políticas de diverso signo y convocar las capacidades de los colombianos. Por mi parte, subrayaría tres temas, sin cuya solución constructiva no creo que haya posibilidad ni de desarrollo ni de paz sostenible: la distribución de la tierra, el fortalecimiento del Estado y la guerra contra el narcotráfico (que hace parte de un problema más general: qué lugar queremos para Colombia en un mundo globalizado).

Viendo en una perspectiva comparada, sólo excepcionalmente (if  ever) un país con economías agrarias tan brutalmente desiguales y tan ineficientes ha gozado de los bienes básicos que deberían ser nuestras apuestas a largo plazo (paz y democracia por un lado; desarrollo rápido por el otro).  Ni el país ni el Estado son viables si la guerra mundial contra el narco continúa en los términos en que está planteada. En este terreno, si la legalización unilateral es una fantasía, la inactividad del avestruz es ya imposible. Por último, hay que fortalecer —tomo una expresión de un destacado dirigente de la década de 1930— “el sistema nervioso” de nuestro Estado: darle estructura, seriedad, consistencia, meterlo plenamente en la legalidad. Es obvio que los tres temas están íntimamente ligados. Cada uno de ellos es crucial, y merece estar en el centro del debate nacional.

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