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Encartes

Francisco Gutiérrez Sanín

15 de agosto de 2013 - 05:06 p. m.

En su última columna en la Revista Semana, León Valencia resaltaba el contraste entre la sólida popularidad de Uribe —un fenómeno de opinión realmente impresionante— y el lánguido desempeño de los candidatos del Centro Democrático en los sondeos de opinión.

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De hecho, están cada vez más pálidos, pese a que son los únicos que se encuentran verdaderamente en campaña. Peñalosa o Clara López los derrotan a todos o a la mayoría de ellos sin haberse levantado de la cama.

¿A qué se deberá? A varias razones, relacionadas con el hecho de que el Centro tiene poco de centro, o de democrático. Esta es una agrupación caudillista, un equipo de fútbol en el que una sola persona cumple las funciones de Pékerman y de Falcao. Y se ha construido por tanto alrededor de un curioso culto a la personalidad de Uribe —notaba el mismo Valencia que les hacen tomar una suerte de juramento de fidelidad al gran líder—, lo que hace que su figura opaque y disminuya a las demás. Pero todas ellas juntas tampoco es que sumen mucho. El pelotón lo encabeza el primo chiquito del presidente, pero esto significa un encarte monumental para el Centro. Pues éste, Francisco Santos, es errático e impredecible. Lo mejor que tiene para ofrecer es ese tono de chico malo que “sí tiene pantalones” que él parece creer que es de estadista, pero que en el mejor de los casos le sale confianzudo y estridente.

Sin embargo, el hecho de que Uribe no pueda admitir a nadie en su entorno que siquiera amenace con hacerle sombra no pasa de ser una característica idiosincrática (su mayor debilidad seria como político práctico). Más difícil de manejar es el carácter no endosable de su orientación política, ni de sus votos. Muchas evidencias muestran que un sector muy importante de la opinión pública colombiana siente simpatía por Uribe, pero a la vez apoya el proceso de paz (y de hecho también gusta de muchas reformas contra las que Uribe ha dirigido la batería pesada de su retórica). La orientación extrema de Uribe no lo ha afectado tanto a él, porque es Uribe, pero, en cambio, en boca de otros aparece fuera de lugar. Algo similar puede decirse de los votos. Desde 2002 Uribe ganó todas las elecciones a las que se presentó (salvo su referendo, pero incluso entonces obtuvo la mayoría para todas las preguntas, con excepción de una, si no recuerdo mal). A la vez, perdió cuando apoyó a candidatos regionales, y con frecuencia su bendición significó el beso de la muerte para el receptor del dudoso honor. ¿Se acuerdan de Peñalosa?

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Cierto, ahora Uribe no tiene que hundir las candidaturas de sus amigos, porque ellos mismos se están encargando de la tarea. Uno podría pensar que con este tierno gesto de deferencia hacia el caudillo, le han aligerado las pesadas cargas que recaen sobre sus hombros. Pero es todo lo contrario. Pues ahora ha quedado claro que los uribistas sólo pueden salvar el pellejo si su jefe se lanza a la arena. Pero para éste sólo vale la pena hacerlo —por razones jurídicas, políticas y simbólicas— si va por el premio mayor. Esta puerta, sin embargo, está jurídicamente cerrada. Por eso es que ahora presenciamos una segunda “encrucijada del alma” (ahora, si encabeza o no una lista al Senado. ¿Mi apuesta? No lo va a hacer). No se ve claro cómo puedan resolver esta tensión. Durante un tiempo juguetearon con la idea de la constituyente, lo que les permitiría reformar varias reglas de juego cruciales (relativas a la justicia y la reelección), pero ahora parece que el tema está en el congelador. En síntesis: están todavía más encartados que furiosos.

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