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Encrucijadas

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Francisco Gutiérrez Sanín
20 de noviembre de 2015 - 02:00 a. m.
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Recomienda el irremplazable Oso Yogui: en cuanto te topes con una encrucijada, tómala.

Parodia perfecta de la literatura de auto-ayuda, pero también ilustración aguda de las dificultades con las que pueden llegar a enfrentarse individuos o sociedades cuando su trayectoria vital los obliga a tomar decisiones duras, en las que cualquier curso de acción (incluyendo el de no hacer nada) involucra costos altos.

Dos ejemplos, uno internacional y otro nuestro. Primero, frente al horror de París, ¿qué hacer? Observando a gobernantes, analistas y participantes en redes sociales, me di cuenta que todo el mundo tenía una opinión (y sobre todo una opinión sobre las otras opiniones), pero que igualmente para todo el mundo, incluyendo a quien escribe estas líneas, resultaba extraordinariamente difícil sugerir cursos de acción consistentes, democráticos y sensatos para responder a las carnicerías de ISIS. Eventos como estos revelan cuánta distancia hay entre las explicaciones posibles de ellos y la formulación de políticas.

Aquí el consejo de Yogui sería: “busca no meterte nunca en esta clase de situaciones”. Pero la historia te pone una y otra vez frente a encrucijadas. Y es a las mujeres y a los hombres de hoy, independientemente de que hayan o no participado en la creación del problema, a quienes toca afrontarlo. Esto me lleva al asunto colombiano. La buena noticia: se nos vino encima la paz. Claro, hay sobresaltos y problemas, pero la cosa se mueve a ritmo acelerado. La mala: nos coge terriblemente mal preparados. Esto de pronto era inevitable. Pero no por eso es menos grave. Sería un terrible fracaso histórico no aprovechar esta ventana de oportunidad, y peor aún no lograr construir los mínimos institucionales que permitan transitar hacia un país vivible y viable. Pero si nos descuidamos esto es precisamente lo que va a pasar.

Nos enfrentamos pues con tareas claves. Pero, ante esto, más que respuestas constructivas uno se encuentra todavía con perplejidad y desorden. Ilustro el punto con temas relacionados con el punto uno de la agenda de La Habana. Allí se diseñaron unos instrumentos, que están aún lejos de encontrarse en forma plenamente operacional, para promover el acceso de los campesinos a la tierra, aumentar las capacidades de regulación del Estado, y debilitar sustancialmente a la criminalidad económica. Ante esto, uno pensaría que todas las energías del Gobierno estarían concentradas en desarrollar estas transformaciones, que constituyen un gana-gana para la abrumadora mayoría de la sociedad colombiana. Sin embargo, hasta donde logro discernir, el esfuerzo de política va en la dirección contraria. Quieren hacer aprobar el espantoso proyecto Zidres, que en realidad sigue el camino tradicional para nosotros de concentración, adjudicación política de derechos de propiedad y ocupación del territorio sin regulación estatal ni provisión de bienes públicos. No es necesario leer algún denso texto de ciencias sociales para entender por qué eso va a resultar mal; basta con disfrutar una vez más La Vorágine para saberlo. En lugar de ajustar el muy limitado, pero muy meritorio, proceso de restitución, para ponerlo al servicio de la paz, algunos funcionarios ahora quieren hacer una cuentas grotescamente contrahechas para minimizar las dimensiones del daño causado a los campesinos en estas décadas terribles, alineando objetivamente los intereses del proceso con los victimarios y no con las víctimas. Me pregunto: ¿no habrá llegado el momento de coordinar en serio lo que se acordó en La Habana con lo que se impulsa en Bogotá? ¿No habrá llegado la hora de una evaluación seria de la restitución, que tiene mucho que mostrar, para ampliarla y ensancharla, en lugar de promover cuentas alegres y mentirosas? ¿No habrá llegado la hora de formar equipos de gobierno comprometidos con la paz en las áreas claves de la política agraria? ¿No habrá llegado la hora de operacionalizar en serio los acuerdos?

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