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Entendamos el teflón

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Francisco Gutiérrez Sanín
05 de noviembre de 2010 - 02:57 a. m.
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UNO DE LOS MUCHOS FENÓMENOS sencillos que la ciencia política no ha logrado entender bien es el del teflón que protege a ciertos personajes públicos, sobre todo a presidentes y primeros ministros.

Cojan al italiano Berlusconi. Está claro que el hombre es un cafre. Garantiza un escándalo quincenal, cosa en la que se parece a nuestro Uribe, sólo que el peninsular es más dado a lo extravagante y a lo festivo (además, nuestro ritmo era en realidad semanal). El último episodio fue su intervención frente a la policía para salvar de un carcelazo a una joven de sus afectos. Para peor, cuando fue criticado por tal actuación, se defendió aduciendo que era mejor desear a una linda chica que a un gay. Un comentario grotesco, hasta para un Berlusconi. En este preciso momento el escándalo hace mover todas las lenguas, pero en cambio en los sondeos de opinión la aguja no se mueve. El tipo sigue siendo una potencia política y electoral.

Algo similar sucede en América Latina. Para entender por qué hay que sorprenderse, basta con comparar la paliza que recibió Obama en las elecciones de mitaca de su país con la solidez del apoyo que reciben nuestros presidentes. ¿Cuántos deslices desastrosos y despliegues gratuitos de adrenalina no caracterizan la trayectoria de Chávez? Pero ahí sigue. Cada cuanto, sus adversarios cuchichean con unción y recogimiento: ha bajado dos, tres, cinco puntos en los sondeos. Bueno, para llevar más de una década gobernando (de hecho mal gobernando), el que tenga tanto oxígeno es un verdadero milagro. No hablemos ya de la chilena Bachelet o del brasileño Lula, que salieron en hombros. En Colombia estamos viviendo un fenómeno extraño. El nuevo presidente, Santos, se hizo elegir como continuador de su popularísimo antecesor y se rodeó del mismo personal político, pero en varios temas cruciales ha ido precisamente en la dirección contraria —lo que le ha generado aún más apoyo—.

Nuestro continente, pues, vive la era del teflón. ¿Cómo entenderla? Podría aducirse que se trata del retorno del viejo caudillismo latinoamericano, pero esto suena mucho a seudoexplicación. Si caes en los sondeos, tienes déficit de legitimidad; si te mantienes, eres la encarnación de la cultura equivocada. Palo porque bogas, palo porque no bogas… Trampas argumentales como esta son frecuentes en los observadores de la política y deberían ser cuidadosamente evadidas. Otra posible respuesta es simplemente que los presidentes lo han hecho, en general, bien, pero tampoco aquí me sentiría en terreno muy firme. Entre el listado de los pesos pesados de la popularidad nos encontramos con personajes catastróficos (Fujimori, Uribe, Chávez), con algunos otros coloridos pero insustanciales, con unos cuantos casos discutidos que pueden exhibir grandes aciertos pero que en otros aspectos son profundamente problemáticos (Néstor Kirchner, por ejemplo), y por último, con un par de ejemplos de liderazgo constructivo de gran calidad, como Bachelet y Lula.

De manera bastante sorprendente, las jeremíadas de los que —a veces con buenas razones— nos hemos sentido aplastados por el peso de la popularidad de los presidentes no han tenido un correlato analítico: no tenemos aún, ni de lejos, explicaciones satisfactorias del fenómeno. Creo que hay un problema en la comunidad académica también. Los que tienen las preguntas interesantes no tienen las herramientas para responder, los que tienen las herramientas no se hacen las preguntas. Recomendaría acudir entonces al pulpo Paul, pero por desgracia ya no nos acompaña.

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