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¿Espinaca en vez de mermelada?

Francisco Gutiérrez Sanín

20 de julio de 2017 - 09:00 p. m.

El episodio de la calumnia de Uribe a Daniel Samper tiene muchas aristas y, por lo tanto, aunque haya merecido ya múltiples comentarios, vale la pena volver a él. Ante todo, por el hecho en sí: que un expresidente de la República crea que la mejor manera de desembarazarse de un crítico incómodo es insultándolo, y que a la vez crea que la única manera de insultar sea propalar una especie mendaz sobre la que obviamente no tiene prueba alguna. Este extremismo primitivo y profundamente envilecedor tiene que alarmar siempre, pero a estas alturas no debería ya sorprender a nadie. Sí hay que entender, en cambio, que Uribe está jugando alegremente con materiales explosivos. ¿No vieron terciar en el debate al inefable Popeye, explicando por qué Samper era un “vómito”? La contradicción aquí es la siguiente: cuando uno tiene esa clase de seguidores debería cuidar sus palabras; pero para tenerlos, no puede hacerlo.

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Pero también por la manera en que la retórica uribista defendió el hecho. Que el humor tiene que ser “respetuoso”. Claro, tiene que ser respetuoso dentro de los límites de ley, pero más allá de eso, ¿quién juzga si el tono es adecuado o no? ¿Acabaremos con la caricatura —que para ser interesante ha de ser ácida— para no ofender las susceptibilidades del señor Uribe y de la señora Paloma? Otro tema central: que en realidad Uribe no dijo lo que dijo. Los líderes uribistas sacaron diccionario y todo para enredar el asunto. Uribe, en sus respuestas a la excelente carta pidiendo un “Punto final” a la calumnia, habló ya de una “violación de derechos”, pero sin retirar su infamia. Aún otro motivo: que Samper es mala persona. Para demostrarlo, usaron toda su artillería, incluyendo —¿será que no pueden evitarlo?— una posible ilegalidad: la cita de un correo electrónico de Samper, al parecer sonsacado de su cuenta personal, en el que éste se refiere en lenguaje chabacano, pero no criminal, a los asuntos de la revista (también perfectamente lícita) que en alguna época dirigió. Déjenme de paso proponer una conjetura: en la vida cotidiana somos muy pocos los que hablamos como un mayordomo de la serie Downtown Abbey (ejemplo de lo cual es el propio Uribe; ¿no querrán que les ilustre el punto con citas textuales?). Y por último, pero no menos importante: presentar a Uribe como una pobre víctima de sus malquerientes.

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Ninguna de tales líneas de justificación soluciona los cuatro puntos fundamentales del episodio. Primero: ¿mentía o no Uribe cuando afirmó que Samper era “un violador de niños”? Como Uribe no ha ofrecido evidencia alguna para sustentar su dicho, hay que contestar que sí. Segundo: ¿esa mentira fue una retaliación frente a la forma de periodismo que practica Ospina? Aquí, de nuevo, la respuesta es positiva. Tercero: ¿está bien vengarse de alguien con una abierta ilegalidad —pues la calumnia es delito— porque uno está ofendido con él/ella? Responder que sí nos lleva directamente a la lógica mafiosa: ojo por ojo, tres ojos por uno. Había, claro, otras opciones. Polemizar; criticar el tono del periodista. Escarnecerlo sin calumniar. Demandarlo. Pero no. Es que se buscaba un desquite ejemplarizante. Pues bien: el liderazgo uribista ha notificado al país que contesta a aquella pregunta positivamente, y que está con el patrón por encima de todo.

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El talante uribista no parece avenirse bien con la democracia: si alguien contradice al patrón, es que está comprado; si alguien se burla de él, es que es blasfemo. Sólo sirven el asentimiento y el humor modosito. Pero mejor que todo el aplauso, venga de donde viniere. ¿No creen? Les apuesto diez a uno a que ni Uribe ni los suyos desautorizarán los trinos amenazantes de Popeye, un tipo que obviamente sabe de acción intrépida, contra el columnista más leído del país.

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