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¿Extremismo naranja?

Francisco Gutiérrez Sanín

20 de septiembre de 2018 - 04:45 p. m.

Independientemente del tono razonable y pausado del presidente de la República, que sin duda hay que alabar, están pasando cosas muy graves en el país. Va un muestrario necesariamente incompleto. El embajador de Colombia en Estados Unidos no solamente dicta la política pública sobre cultivos ilícitos en nombre de quién sabe cuál de los dos países, sino que sugiere acciones bélicas contra Venezuela y se lanza a atacar a la justicia del país que dice representar (en su inglés macarrónico y primitivo; porque hasta en eso cae muy, muy por debajo de su primo, cuyo tartamudeo tranquilo y correcto era respetado por todo el mundo). Cierto: la insinuación histérica de que tendríamos que atacar a Venezuela es de una irresponsabilidad mayúscula; pero me parecen igualmente graves los ataques al aparato de justicia desde el servicio diplomático de un país que supuestamente vive bajo el Estado de derecho. Mindefensa afirma que las movilizaciones sociales “siempre” están financiadas por la mafia —una acusación infame que por supuesto no respalda con ninguna evidencia—, en un país en el que la gente a la cual acusa de manera tan alegre es blanco predilecto de los violentos. Ya sabemos que María Fernanda Cabal es una voz destemplada que inevitablemente toma partido por los perpetradores, sus amiguitos de ayer y de hoy (ver la estupenda columna de Cecilia Orozco en este diario). Pues ahora se lanza a “reformar”, es decir a enterrar, la restitución de tierras (como se muestra aquí). No le han explicado al país cuál es el objetivo que persiguen con la incautación de la dosis mínima cuando el portador de ella no cargue con un permiso escrito…

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La pregunta es qué ha hecho Duque frente a todo esto. La respuesta es agridulce. Para entender por qué, hay que ir por pasos. Primero, fue el presidente quien nombró a la mayoría de esta gente (seamos justos: Cabal fue elegida, y Duque no le dio el guiño a Lafaurie, que quería ser contralor). Recuérdese que la función básica del gobernante es nombrar. Y que estos nombramientos no son inocentes, ni eran imprevisibles los problemas que han generado. Francisco Santos, por ejemplo, es reconocido por su insensatez y por su carácter al mismo tiempo belicoso y light: la peor combinación posible para administrar una relación importantísima y complicadísima. Segundo, ha reversado las burradas más extremas: punto a su favor. Más aún, ha anunciado a quien quiera escucharlo que es centrista, e incluso en una interesante entrevista a la BBC fue más allá y dijo que era antiinequidad. Pero, tercero, esas correcciones han sido parciales y a medias. De nuevo: no son sólo palabras. Cuando un gobernante enuncia algo estamos hablando de cursos de acción. Pero los ajustes han sido tímidos y muchas veces implícitos. A Botero lo dejó salirse de su embrollo con una retractación pequeña y astuta que dejaba en pie su indigna acusación; Francisco Santos ni siquiera tuvo que desdecirse. Son dos ilustraciones entre muchas posibles.

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He leído y escuchado dos formas de interpretar esta ambigüedad. Una, que el presidente quiere de verdad mirar hacia adelante y pasar la página. Si esto es cierto, necesariamente llegaremos a ajustes de personal y perspectivas. Otra, que todo esto es un juego del policía bueno y malo: Duque permite tales balones de prueba a ver cuál pasa. Si esta segunda es la verdadera, entonces estamos frente a una suerte de extremismo naranja, al que sería necesario desenmascarar constantemente.

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