Mientras llegan las evaluaciones de los dos años del gobierno de Petro (me perdonarán la demora: los analistas políticos nunca deberíamos llegar de primeros, sino entre los últimos), déjenme celebrar el cumpleaños de Bogotá.
Lo hago desde la perspectiva de un provinciano, que a duras penas se acomodó, durante un período tan largo que ya no quiero recordar, a todos los fríos de la capital. Cada vez que vuelvo al Valle del Cauca me emocionan los olores y todos los matices de verde que es capaz de producir mi departamento. Perdí en estos años el acento, pero no los gustos adquiridos (comenzando por la salsa).
Es desde allí que quiero festejar a Bogotá. También por algunas de sus idiosincrasias. Me encanta que, como un pequeño pueblo, quiera botar la casa por la ventana en su 486 aniversario (y traerán una versión del muy valluno Petronio Álvarez). No sé a quién debemos la ridiculez de llamar “Festival de Verano” a este período de eventos -¿quizás a Peñalosa?-, pero eso se podría cambiar. Y, por fortuna, los esporádicos y cursis esfuerzos por crearle una identidad a nuestra monstruosa urbe han fracasado. Bogotá, gracias a Dios, no tiene identidad. O tiene tantas, que se mezclan en una cacofonía a la que le he terminado de coger gusto.
De manera más fundamental: se ha desarrollado toda una retórica de acuerdo con la cual a Colombia no se la puede gobernar desde Bogotá sino “desde los territorios” (a propósito: eso se lo he oído decir sobre todo a gentes cuyo horizonte mental y social no pasa del parque de la 93). La hostilidad a la capital ha sido característica de las retóricas conservadoras en muchos países, durante mucho tiempo (piénsese no más en Estados Unidos; hay muchos otros ejemplos). No tiene nada de sorprendente. Desde las capitales a menudo vienen ideas avanzadas y las innovaciones políticas fundamentales. En Colombia, desde la “cultura ciudadana” hasta la izquierda electoralmente relevante, pasando por otras corrientes claves, le deben mucho a Bogotá, aunque no salieron exclusivamente de allí. También, claro, la regulación estatal.
Aquella visión conservadora ha sido después recuperada por una cierta política identitaria (las dos a veces confluyen). Aprovechemos este cumpleaños para interrogarla. ¿Qué querrá decir no gobernar desde Bogotá sino desde los territorios? ¿Que la capital no lo es? ¿Que se trata de “una casita en el aire”? ¿Que su gente no cuenta? Eso sería negar realidades espaciales y demográficas de bulto (no por casualidad vallenateros, salseros, etc., tienen en Bogotá un referente). ¿Que hay que botar a la basura los saberes técnicos, académicos, etc., acumulados en Bogotá? ¿Quizás incomodan las protecciones (relativas) que tienen defensores de derechos humanos, líderes sociales, etc., decenas de los cuales recalan en la capital cuando las presiones se vuelven intolerables?
La respuesta a tales preguntas es: “no”. Y, desde una perspectiva de inclusión social en gran escala, no hay experiencias históricas que no pasen por el cultivo del músculo administrativo del Estado central (quedo muy pendiente de contraejemplos). Claro: el discurso tiene sentido como oposición a la prepotencia capitalina y su privilegiado acceso a decisiones claves, frente a necesidades urgentes, valores, creatividad y conocimientos de la gente en las regiones. Y su contenido podría transformarse si se reivindican tanto las fuerzas sociales de distintos territorios como esos conocimientos y tradiciones específicos, fundamentales para el desarrollo de políticas viables y razonables. Todo ese patrimonio puede y debe confluir con las capacidades regulatorias del Estado durante procesos constructivos de inclusión social. Necesitamos simultáneamente mucho más poder central y mucho más poder regional. No es (al menos, no necesariamente) una fórmula puramente verbal, como lo demuestran experiencias históricas como la Suiza.
En fin: celebremos el cumpleaños de Bogotá. Recordemos: también es un territorio. Un refugio, a veces. Aprendamos de sus conflictos y avances. No botemos a la basura lo que podamos tener de estado regulador.