Salió bien la reunión entre los presidentes Petro y Trump. El nuestro lo hizo excelentemente, con dignidad y tranquilidad. Y qué gran desempeño el de nuestro embajador en Washington, Daniel García-Peña. Piensen cuánta paciencia, cuánto conocimiento y pericia, cuánta dedicación a un problema particular se necesitan para navegar esas aguas profundas. De manera que, si no hay ningún sobresalto en los próximos días, la gira estadounidense de Petro habrá sido un éxito.
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Este “final feliz”, como todos, solamente reanuda el juego; todavía enfrentamos múltiples peligros, pero buena parte del país suspiró aliviada. No así aquellos para quienes lo interesante de esa gira era el fracaso o la humillación de Petro. Como eso no ha ocurrido, han salido con el planteamiento de que la gira deteriora las credenciales izquierdistas de Petro junto con toda una cantidad de etcéteras, agresivos o zumbones, dependiendo del carácter de cada quién.
Aparte de cierta pequeñez, esos comentarios parten de un supuesto fatal, que empuja al país por el camino equivocado: que gobiernos con diferentes ideologías y regímenes políticos no pueden entenderse bien. Hay miles de ejemplos, y toda una construcción intelectual e institucional global, que van en la dirección contraria. A principios del siglo XX, después del trauma de la Primera Guerra Mundial y la estabilización de la Unión Soviética, muchos países –incluidos los más poderosos y desarrollados– se pusieron de acuerdo precisamente sobre lo contrario: sobre la posibilidad de relacionarse por encima de las diferencias ideológicas. De ahí surgió la Liga de las Naciones, antecesora de las Naciones Unidas.
Tal principio estaba anclado en largas tradiciones y no era puramente verbal. Por ejemplo, la Italia de Mussolini cultivó durante lustros estupendos vínculos con la Unión Soviética. Cuando murió Lenin, la prensa fascista se refirió al “gigante caído”. Eso no quiere decir que ella o los bolcheviques dejaran de desarrollar sus políticas en sus respectivos países. Se me podrá objetar que esto es simplemente evidencia de que “los extremos se tocan”. Esto se aplicaría también a la admiración mutua entre Trump y el semidiós de Corea del Norte, pero esta simplificación tampoco dice mucho aquí. Gran Bretaña, verbigracia, también mantuvo durante años relaciones de primera con los fascistas.
Estas experiencias son, sí, duras y ambiguas. No resultan ni lindas ni primorosas; las cosas en política rara vez lo son. La búsqueda infatigable de linduras, lo que he bautizado “sociología Disney”, raramente deja algo constructivo; no es terreno fértil. Y, en todo caso, hay múltiples ejemplos mucho más positivos después de la Segunda Guerra, bajo la égida de las Naciones Unidas, apoyándose ya en una doctrina de convivencia altamente codificada (gracias a la cual, no lo olviden, no volamos en pedazos). Así, pues, como en la maravillosamente ambigua y clásica película Casablanca, que capta a la perfección estos asuntos, el encuentro Petro-Trump “puede ser el principio de una linda amistad”.
Sintetizando: Trump no se volverá comunista ni Petro derechista. Hicieron lo que convenía a ambos: proteger las relaciones, hallar terrenos comunes, cerrar fuentes de potenciales turbulencias. Esta clase de esfuerzos dialoga con un patrimonio y un principio civilizacional clave. Es alarmante que buena parte de nuestros formadores de opinión hayan decidido ignorarlo del todo. Hay una larga historia subyacente a tal deterioro, pero ya se me acabó la cancha.
Habría, en cambio, que cultivar ese patrimonio. ¿Cómo? Primero, aprovechar que los astros se alinearon, y ahora tenemos relaciones tolerablemente buenas con dos socios estratégicos vitales (Estados Unidos y Venezuela). Creo que la consolidación pasa por el “silencio activo”: rodear a los acuerdos de cuidados y promover iniciativas estratégicas. Segundo, fortalecer la posición del país desde el principio de no intervención. Tercero, responder a una pregunta que creo aún está abierta: ¿cuáles son nuestros intereses estratégicos? La moda según la cual los Estados nacionales habían caducado ha demostrado, una vez más, ser falsa. ¿Cuál es, entonces, en ese terreno, la apuesta colombiana?