¿Algún colombiano todavía recuerda dónde queda Irak?
Pues bien, este país que se cae a pedazos después del retiro de la fuerza invasora norteamericana tiene varias lecciones interesantes que ofrecernos. En la intervención que tumbó al régimen de Sadam Husein se utilizó una nueva doctrina militar, consistente en amontonar sobre el enemigo una cantidad tal de evidencias materiales de la superioridad militar propia —a través de bombardeos, el uso sistemático de alta tecnología, etcétera— que se destruye su voluntad de combate. La doctrina —que se conoce bajo varios nombres, todos ellos coloridos y autoexplicativos, como “Fuerza Abrumadora” y “Conmoción y Pavor”— no tiene nada de fantasioso o absurdo, y fue producida allá en la década de los noventa por densas redes de académicos, tecnócratas y militares prácticos. A través de la Fuerza Abrumadora se esperaba obtener victorias rápidas, junto con la minimización de los costos políticos de cualquier operación (por ejemplo, reduciendo el número de bajas civiles, etc.).
Al principio, de hecho, pareció estar dando los réditos esperados en Irak, pues aunque Sadam contaba con uno de los aparatos militares supuestamente más impresionantes de los países de desarrollo medio, pronto su resistencia fue aplastada. La flotilla de tanques del dictador quedó reducida a chatarra en un parpadeo. El entonces presidente de los Estados Unidos, George Bush, proclamó rápida y pomposamente que la guerra había terminado. ¿Fin de la (de esa pequeña) historia? ¿Fin de la Historia (con mayúsculas)?
Ninguna de las dos. De hecho, apenas los tenedores de la Fuerza Abrumadora proclamaron su victoria, comenzaron los problemas de verdad. Las milicias, la mayoría dirigidas por clérigos, proliferaron; los desencuentros con los propios grupos sociales y políticos en los que se habían apoyado los norteamericanos para legitimar su invasión se volvieron cosa de todos los días, y los costos de la masiva y desgastante presencia militar en ese país que nadie entendía —literalmente, pues los invasores no se preocuparon siquiera por contar con un equipo suficiente de traductores— se volvieron prohibitivos. Políticamente fallida, fiscalmente insostenible, la guerra se volvió el objeto de un rechazo muy amplio. Llegó Obama al poder, en parte sobre la oleada de oposición a la invasión a Irak, y decidió sacar a sus tropas de allí lo más rápidamente posible. Pero mientras eso sucedía, aumentaban la lucha entre tendencias religiosas y regionales dentro de Irak, y la influencia iraní en el nuevo gobierno.
¿Dónde está pues la noticia? En que en Irak todavía nada funciona, las tensiones violentas siguen al rojo vivo y el desenlace final de la invasión estadounidense será —con una buena probabilidad— el de cambiar a un dictador laico por un dictador fundamentalista. Y aquí vienen las dos lecciones simples que puedo colegir de esta extraña trayectoria. Primero, la historia —sea con minúscula o con mayúscula— tiene un sentido del humor agudo, y la mayoría de las veces cruel. Y como reza el conocido aforismo, predecir es cosa difícil, sobre todo cuando se trata del futuro. Segundo, la política sigue siendo indispensable —afortunada, consoladoramente—. Indispensable precisamente allí donde los conflictos toman un peor cariz. La fuerza abrumadora, en efecto, no soluciona algunas cosas: aquellas que varios pensadores militares de los últimos tres siglos analizaron bajo el nombre de “estrategia”, por lo que entendían la conducción política de los asuntos militares. Así como es repugnante tratar de usar atentados terroristas para adelantar agendas particulares, es necio suponer que se puede avanzar más allá de cierto punto por medio de la pura fuerza (incluso si ella es “abrumadora”, cosa que en nuestro caso no lo es).