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Francisco Gutiérrez Sanín
05 de diciembre de 2013 - 10:11 p. m.
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Venezuela se acerca aún a otro crispado torneo electoral.

El líder parlamentario gobiernista, Diosdado Cabello, criticó a la oposición por ser “tan simplista que compara la patria con un rollo de papel tualé” (cito a la prensa venezolana). Se refería a la escasez de ese producto en el vecino país, y a los reproches, murmuraciones y gruñidos que ella ha suscitado.

En principio, recomendaría al señor Cabello no ser tan desdeñoso con el mentado producto. Las patrias, todas, así como los proyectos de desarrollo, tienen en últimas alguna relación, no tan rebuscada, con el papel tualé. De hecho, en las economías centralmente planificadas de Europa Central y Oriental la falta de éste se volvió al final una suerte de ícono sombrío. Hasta circuló en la década de 1980 en Polonia un poema alusivo, lleno de desencanto, que, si mi memoria no me falla, comenzaba así: “La vida es como un rollo de papel higiénico: larga, gris y desechable”. El glorioso rollo socialista, dificilísimo de adquirir pero áspero como la lija, terminó siendo una metáfora central para definir la vida cotidiana.

Más interesante aún que esta lírica de cuarto de baño es su prosa, descrita con precisión por el gran economista húngaro Janos Kornai en una obrita maestra que se llama, precisamente, Economía de la escasez. Lo que mostró Kornai es que cierto tipo de institucionalidad genera inevitablemente inflación, escasez, o ambos, y que los agentes económicos se van adaptando ágilmente a ofensivas administrativas que buscan contrarrestar el fenómeno, a través de la creación de mercados negros, ablandamiento de restricciones fiscales, etc. No es que, como lo predica el catecismo neoliberal, todas las intervenciones estatales sean nocivas. América Latina en general, Colombia en particular, están desesperadamente necesitadas de más intervenciones y de más capacidad regulatoria del Estado. Pero iniciativas como “la guerra económica” que libra el gobierno venezolano para bajar la inflación por medio del uso o la amenaza de la fuerza sí que conducen inevitablemente a las economías de la escasez al estilo Kornai. Con el factor adicional de que en todo caso esos proyectos europeos de estilo soviético estaban construidos sobre un enorme establecimiento científico (del que fue producto el propio Kornai: ¿será por eso que no le dieron el Nobel?), que ponía a las decisiones económicas en un marco que era doctrinario, sí, pero que estaba marcado por características como el método, la sistematicidad y la capacidad de hacer cuentas y sacar algunas consecuencias de ellas. Nada de ello se ve en esta versión de segunda generación del socialismo del siglo XXI.

Eso no quiere decir que la economía venezolana se esté cayendo a pedazos. Pero sí muestra a las claras males persistentes, lo que permite a la oposición mantener y expandir su base social. Ya veremos qué pasa el domingo, cuánta capacidad de convocatoria tiene cada una de las partes, y qué tanto tolera la coalición gubernamental la posibilidad de la alternación en el poder. Por el momento, vale la pena subrayar la distancia grande que hay entre la dinámica venezolana y otros proyectos de izquierda en América Latina. Varios de estos —no necesariamente los que tienen mejor prensa en nuestro país— han logrado mantener niveles de crecimiento muy buenos, al menos en comparación con su registro histórico, al mismo tiempo que adelantaban reformas igualitarias. La caída en las economías de la escasez no es una maldición de los esfuerzos pro-igualdad, y no estamos obligados a escoger entre inequidad extrema, por una parte, e ineficiencia y estanterías vacías, por la otra, como lo querría cierto discurso político que tiene carta de ciudadanía en nuestro país. Mejor no olvidar que aquí para millones de pobres colombianos la vida es gris y desechable, pero no larga.

 

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