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SI UNO QUIERE SOBREVIVIR AL INtento de mantener una columna de opinión, gobiernos como el de Álvaro Uribe constituyen una bendición.
En todos estos años nos garantizó la siguiente ración semanal: a) un escándalo; b) una estupidez monumental; c) una pifia, una declaración inoportuna, una ínfima mezquindad. Así es imposible quedarse sin tema.
Cierto que esta permanente crisis de abundancia también limita, desgasta y deprime. Uno quisiera hablar del espectacular crecimiento económico chino, del peligro que implican las brutales tensiones entre India y Paquistán, de lo que significan (o podrían significar) nuestros doscientos años de vida republicana, del auge y las tradiciones de la novela negra escandinava, del creciente, inenarrable, despelote ecuatoriano, de la gestión de Obama y los cambios en la vida pública gringa, de los diversos aniversarios que se nos vinieron encima (los ochenta años de la república liberal, los doscientos del nacimiento de ese hiperestésico genial que fue Chopin), de un par de nuevos y brillantes títulos de divulgación científica, de algunos viejos y amados libros que de pronto vuelven a la mente e imponen la relectura, en fin, de pequeñas delicias y grandes asombros, de las maravillas y los horrores que nos depara el capitalismo tardío. Pero termina comentando los disparates de Pachito Santos. Dependiendo del lado de la cama del que uno se haya levantado, eso puede dar risa o rabia. Qué maravilla, por ejemplo, haber contado durante todo este tiempo con Luis Guillermo Giraldo, esa broma ambulante. Pero qué duro tener que cargar a las espaldas con este presidente que va a Arauca y se porta como un sociópata, ahorrándose cualquier expresión de dolor por las víctimas y en cambio soltando una andanada de denuncias temerarias.
Un senador del Partido de la U, Efraín Torrado, definió muy bien el síndrome de Francisco Santos: falta de autocontrol. Esto, en un gobernante, es un defecto fatal, pero constituye la marca de todo el equipo uribista, incluyendo al gran jefe. Un constitucionalista decimonónico que tiene más bien mala prensa pero que merece una lectura atenta, godísimo pero agudo y perceptivo, Walter Bagehot, hacía más o menos la siguiente reflexión sobre los diseños institucionales de su país. Es falso que los pesos y contrapesos tengan tanta importancia en Inglaterra, o que sea imposible que un partido o una divisa obtengan un predominio más o menos total sobre la vida pública durante ciertos períodos. Lo que en realidad garantiza la estabilidad institucional inglesa es el autocontrol, que hace que el liderazgo político interiorice una serie de límites y no los pase, incluso cuando tiene la oportunidad de hacerlo. Esos límites incluyen, por supuesto, los legales, pero van mucho más allá de ellos. Sin autocontrol no hay regla que valga, por buena que sea (esto va contra el célebre aforismo kantiano según el cual unas buenas reglas han de servir hasta para una raza de demonios). Hay mucho que decir en favor de esta argumentación de Bagehot. Si alguien quiere desestabilizar desde arriba, es probable que pueda hacerlo.
Claro: este gobierno va de salida y Pachito, cuando quiere ser siniestro, resulta sólo chistoso (es exactamente el inverso de Uribe). Aún así…
