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Francisco Gutiérrez Sanín
11 de julio de 2014 - 04:10 a. m.
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Nicolás Sarkozy, presidente de Francia entre 2007 y 2012, se encuentra encartado judicialmente por una serie de delitos electorales, y por su participación en un complejo tejido de redes de corrupción. Las evidencias se acumulan de manera implacable, y aunque el político y showman galo ha intentado contraatacar de la manera habitual —todo es un complot pergeñado por sus enemigos—, la probabilidad de que mantenga su viabilidad política es cada vez más baja. Incluso si Sarkozy lograra evadir la cárcel, el costo político de sus actos —comenzando por la adquisición de teléfonos celulares bajo alias para tramar cosas con sus compinches— puede ser irreparable.

Esto llega en medio de una situación bastante peligrosa para Francia. La izquierda está muy debilitada, pues el gobierno de Hollande registra niveles de aprobación históricamente bajos. El centro-derecha moderado al estilo de Chirac —quien a propósito también anduvo enredado en asuntos de corrupción— tiene serios problemas. La derecha dura de Sarkozy está paralizada por los expedientes que abruman a su principal figura. Por el contrario, el Frente Nacional —el partido racista y de extrema derecha— mejora cada vez más su posición. En las elecciones municipales obtuvo un resultado que varios medios calificaron como “histórico”, y en las europeas de 2014 llegó casi al 25% de los votos, lo que le dio el estatus, esperemos que temporal, de primera fuerza política de Francia.

Un factor que ha influido decisivamente en el crecimiento del Frente Nacional es su cambio de liderazgo. Jean Marie Le Pen, el fundador del partido, era un extremista franco y violento. Entre otros atributos, era (es) abiertamente negacionista (las cámaras de gas y el Holocausto fueron apenas “detalles históricos”) y antisemita. Después, el Frente adoptó varios otros racismos —antiárabe, por ejemplo— sin soltar el original. Jean Marie le cedió hace un par de años las riendas a Marine Le Pen, su hija, quien le habla al gran público sin asustarlo y es capaz de mostrarse hábilmente ambigua frente a los “temas sensibles”. Una forma de leer esto es que se ha movido hacia el centro. La otra es que sigue siendo igual de extrema, sólo que mucho más hábil. La segunda interpretación me parece más creíble (y sí: el deslenguado pero inteligente ministro de Finanzas del gobierno conservador de Alemania calificó no hace mucho al Frente como “fascista”).

Como fuere, Marine no es el Óscar Iván de su padre: dirige en cuerpo y alma al Frente, sin permitir que el viejo intervenga. Es mucho más flexible, más sensible a los medios, y capaz de hacerse notar por medio de gestos que, dada la trayectoria de su partido, llaman la atención (hasta incluyó a judíos y musulmanes en sus listas electorales). Ha podido atraer a nuevas camadas de votantes. En medio de la crisis profunda del establecimiento político francés, el Frente se ha convertido por fin en una opción real de poder. Y esto abre un interrogante real sobre la continuidad del pacto liberal global pos-Guerra Fría que, con todos sus horrores y gulags, se ha mantenido como un punto de referencia en las últimas dos décadas largas. Dicho pacto se ha debilitado de diversas maneras y por muy diferentes razones. Pero ninguna fuerza de este tipo, con una trayectoria semejante de animadversión hacia la idea misma de los derechos humanos, se había acercado tanto al poder en un país tan importante. Es verdad que en Austria ya la extrema derecha, también negadora del Holocausto, probó durante un breve período las mieles del poder. Pero, por su papel en Europa y por razones históricas, lo de Francia está en otra liga.

Hay ciertas cosas —como la decencia política básica— que nunca se pueden tomar por dadas. Hay que defenderlas y redescubrirlas cada día.

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