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Coyuntura sobrecargada: atentado a Aída Avella (esto no se puede repetir), despelote y tragedia venezolanos, agenda y gaffe del mindefensa en Estados Unidos, decisión judicial sobre la masacre de Caño Limón, inclusión de Vargas Lleras en la fórmula santista y otros movimientos electorales... ¿Sobre qué hablar?
Ante esa acumulación, tal vez sea mejor tomarse un respiro, escapar de lo inmediato y hablar de un aniversario que este país, obsesionado —y con buenas razones— con los temas del conflicto armado, no puede dejar pasar: los cien años de la Primera Guerra Mundial. Es cierto que técnicamente esta carnicería colosal comenzó en agosto de 1914. Pero uno no ve al evento siquiera nombrado por los formadores de opinión o por la academia. ¿Será que la posibilidad de una conmemoración reflexiva sobre lo que ha significado la violencia política masiva a nivel global nos pasa por debajo de las narices?
De todos los buenos trabajos que conozco —como lego, no como especialista— sobre la Primera Guerra, el que más me ha impresionado fue el primero que llegó a mis manos: Guerra por cronograma (War by Timetable), del historiador inglés A.J.P. Taylor. Este librito delicioso, el que he releído varias veces, tiene los elementos precisos para fastidiarme: su cuento es que no hay cuento. Explica que no hay nada complicado ni extraño en el inicio de la Primera Guerra. Todo fue una sucesión de malentendidos banales, enhebrados por la clase política vaga —no decididamente—, incompetente que campeaba en los países involucrados y que estaba convencida de estar tomando pequeños riesgos que evitarían la guerra al amedrentar al interlocutor. Estos “riesgos calculados” tomados por semitontos cuyo juego favorito, como suele suceder, era tratar de parecer terriblemente inteligentes, desembocó en una matazón brutal. Con detalle moroso, Taylor muestra cómo el mundo contaba con todas las condiciones para mantener la paz. Austria-Hungría tenía una ventaja militar aplastante sobre Serbia, los rusos ni estaban preparados ni tenían ganas de ir al campo de batalla, las alianzas europeas eran laxas, los ingleses estaban, como siempre, más preocupados por su imperio que por los conflictos continentales. Precisamente esas fueron las condiciones que generaron en los liderazgos políticos un sentimiento de confianza excesivo y empujaron a tipos que no eran particularmente agresivos o belicistas a comenzar la guerra. Que en realidad, de acuerdo a esta versión, comenzó como sainete armado.
Hay una clase de historiadores británicos que reaccionan como un toro frente a un trapo rojo cuando se topan con palabras como “causalidad”, “estructura” o, peor aún, “lección”. Taylor era uno de ellos. Y sin embargo, este tipo que evidentemente sentía un fastidio supremo por los “análisis” y “conclusiones” termina su obra con la siguiente reflexión (la apresurada traducción es mía): “No hay ningún misterio en el comienzo de la Primera Guerra. Los mecanismos de freno no funcionaron. Esto tenía que suceder tarde o temprano. El freno puede funcionar 99 veces sobre 100. En la ocasión 100 sucede la catástrofe. Hay aquí una moraleja para los contemporáneos a quienes les gusta encontrar estas cosas”.
Soy un contemporáneo al que le gusta la moraleja de Taylor. Sí, me la tomo muy en serio. Y recomendaría que aquí no la echemos en saco roto. No basta con las ventajas militares, ni con el alineamiento de los astros, ni con las buenas condiciones políticas. Estas se pueden deteriorar en un abrir y cerrar de ojos, los planetas (los de la política y la astrología, no los de la astronomía) son caprichosos, las ventajas militares pueden operar en sentido contrario al esperado. Nada de esto es suficiente. La única manera de conservar (u obtener) la paz es cuidándola, cultivándola activamente. Si vas a tener que usar constantemente el freno, sabemos que en algún momento se reventará.
