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Habemus reelección

Francisco Gutiérrez Sanín

03 de septiembre de 2009 - 10:24 p. m.

AL HABER PASADO LA PROPUESTA DE referendo reeleccionista uno de los principales escollos en su camino —la aprobación del texto conciliado—, parece inevitable que tendremos a Uribe, como formidable competidor, en la liza presidencial que se avecina.

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Conozco a muchos optimistas que juraron por lo más sagrado que les pasara por la cabeza que la aprobación de la propuesta sería imposible: los tiempos no cuadraban, los parlamentarios estaban recelosos, Uribe estaba sufriendo su “encrucijada del alma”, etc. Pero los parlamentarios corren apenas oyen restallar el látigo encima de sus cabezas, los tiempos siempre se pueden acomodar y la encrucijada era un taimado ardid de sacristán, no un estado de ánimo genuino. No creo que hacia adelante queden grandes obstáculos que una buena dosis de presión no pueda remontar.

Sobre el camino que condujo a este de-senlace se pueden decir muchas cosas: desde amargas (cómo estuvo plagado de ilegalidad), hasta sentenciosas, o divertidas (tuvimos nuestra ración casi diaria de picaresca), pasando por todos los humores intermedios. Pero también es útil mirar hacia adelante: cuál es el significado y el impacto de este desenlace. Es claro que expresa, y constituye, un deterioro muy severo de la democracia. Cierto, tenemos libertades (no plenas, pero las hay) y competencia, pero las reglas se moldean, y se violan, para servir a la permanencia en el poder de un solo individuo, la agencia de seguridad de la presidencia espía y hostiga a opositores y jueces, los pesos y contrapesos institucionales llevan ya tiempo debilitándose sistemáticamente, y hay una enorme penetración de la criminalidad organizada en el Estado y la coalición de gobierno. No estamos en una dictadura, pero sí en un régimen parecido al de Fujimori en Perú, o al de Chávez en Venezuela, o al de Putin en Rusia, para poner sólo unos ejemplos. En todos los países en que esas personalidades providenciales han irrumpido, la oposición —más generalmente, las personas que albergan aspiraciones democráticas sólidas— se ha demorado un largo período en entender el fenómeno con el que estaba lidiando, y en preguntarse sin hacer cuentas alegres cómo responder a él. Tipos como Fujimori, como Chávez, como Uribe, adquirieron un poder enorme no sólo porque jugaron su juego con maestría e identificaron problemas reales de gobierno que había que solucionar, sino por la fragmentación, la impotencia, la mezquindad y la falta de imaginación de los forjadores de propuestas alternativas. Diría que en el nuevo escenario hay tres prerrequisitos para que éstas puedan competir con probabilidades reales. El primero es que hagan un esfuerzo serio por entender qué están haciendo mal. El segundo es que hagan un esfuerzo serio por identificar qué está haciendo bien el caudillo, cuáles son las razones y raíces de su popularidad. El tercero es que entiendan que con un candidato único de pronto, de pronto, podrán jugar un papel digno. Con dos serán aplastados. Con tres harán el ridículo.

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Sí, hay que dar la pelea legal, pero no se puede dejar a alguna corte compuesta por un puñado de eruditos ciudadanos atajar a un caballo desbocado al que le hace barra el 70% de la población. El balón está en los pies de los políticos.

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