Haciendo agua (I)

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Francisco Gutiérrez Sanín
04 de mayo de 2018 - 04:10 a. m.
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¿Hace agua la paz o, como dijo De la Calle, se la están tirando? La respuesta corta es sí. El problema se puede considerar desde muchos ángulos. Uno posible sería el asunto Santrich.

El fiscal Martínez salió a decir con cara de yo no fui que él simplemente estaba cumpliendo su función. Bonito. Pero falso. Es claro que ningún ciudadano —y en particular ningún guerrillero desmovilizado— está por encima de la ley. Si delinque, debe irse a la cárcel. Punto. El problema es que Martínez se ha dedicado a montar espectáculos mediáticos contra la paz, cuya larga estela quiere ahora que olvidemos: desde la operación de pene hasta lo de Santrich, pasando por su actividad legislativa y la denuncia (hasta ahora no probada) contra los mercados, entre varios otros episodios. Lo de Santrich se parece alarmantemente al tema mercados. No sé si el acusado se involucró en una actividad criminal o no, y a estas alturas no me voy a poner a jugar al magistrado. Pero debo decir que lo que pasó la televisión colombiana es poco revelador: una reunión en la que recibe un billete, una conversación en la que dice “quiubo hermano”. Ni llamar “token” al billete, ni ponerle música de fondo tenebrosa a la conversación, resuelven el problema de la carga de la prueba; a lo máximo revelan que nuestra sociedad perdió completamente el sentido del ridículo. Por lo tanto, y aunque Martínez haya declarado —cosa que definitivamente no le correspondía— que las “pruebas” eran concluyentes, hasta el momento en realidad no hay nada.

Ahora bien: es posible que sí exista algo —aún no conocido por la opinión— que merezca el nombre de evidencia. Nadie puede descartarlo. Pero aquí entra una complicación adicional. Pues todo procede de los Estados Unidos. Eso creo lo reconocen explícitamente y sin excepción las partes involucradas. ¿Cómo valorar tal circunstancia? De un lado, se puede plantear la tesis de que los gringos siempre tienen la razón, y que el que les lleve la contraria es cómplice del narcotráfico. Del otro, se puede decir que siempre están conspirando en la oscuridad de una logia.

Ninguna de estas dos posiciones es adulta: la una es la de un niño que acepta pasivamente su inferioridad, y la otra es la de uno que la rechaza con una pataleta. Que la segunda me parezca un poco menos deprimente no quiere decir que la crea aceptable. Lo que no puede suceder es que el análisis serio —es decir, el que tiene en cuenta que la vida social se mueve por normas, pero también por intereses— se pare a las puertas del Río Grande y decida no dar un paso más allá. Al parecer, el muro de Trump ya lo construyeron en sus cabezas muchos latinoamericanos hace años.

¿Y qué diría el análisis serio —la economía política, si se quiere usar la expresión en uso— sobre la acusación gringa contra Santrich? Que podría ajustarse a un proceso judicial convencional, pero que también podría ser resultado de una confluencia de actores y factores que buscan desestabilizar el proceso de paz en Colombia. Unos y otros abundan en la actual coalición gobernante norteamericana. ¿Podemos discernir qué es qué? La pregunta es importante. Entre otras cosas porque no se trata sólo de Santrich, sino del resto de la dirigencia de la FARC. Martínez, como se sabe, ha ofrecido públicamente la garantía de que no hay nada contra ella, lo que no está mal. ¿Pero cuánto vale a estas alturas una garantía de Martínez? Menos que una acción de Supercundi, una de las empresas que el fiscal llevó a la ruina sin al parecer tener pruebas claras.

La única manera de enderezar la cosa es que la justicia colombiana tenga acceso a las pruebas contra Santrich y permita controvertirlas aquí, antes de tomar cualquier decisión acerca de alguna extradición.

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