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Hambre de ojos

Francisco Gutiérrez Sanín

27 de septiembre de 2018 - 03:13 p. m.

Si yo fuera militante de un movimiento realmente revolucionario, de esos que quieren que se caiga la estantería al costo humano que sea, estaría haciéndole barra al uribismo. Hasta herniarme.

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Tomen el ejemplo más inmediato y prominente: invasión a Venezuela. Respaldada, u orquestada, por Trump. Me imagino que el flamante embajador colombiano —no necesaria o claramente de Colombia— en Washington se visualiza ya en Caracas como virrey, ladrándole órdenes en su triste inglés macarrónico a un desconcertado pero obediente chamo.

Podría pasar: ¿por qué no? Pero, como siempre, también podrían suceder otras cosas. Es que cuando se va a llevar a cabo un acto con implicaciones potencialmente grandes, es conveniente tener en cuenta tanto las variables como las probabilidades involucradas. Procedamos entonces. Primera variable: el Estado colombiano… Para no acumular adjetivos, simplemente le recuerdo al lector que nunca hemos tenido control sobre la totalidad de nuestro territorio. Nunca es nunca. Y todavía no se ve en el horizonte alguna perspectiva razonable de que lo logremos, especialmente después de que los uribistas destruyeron a hachazos la oportunidad que se abría de construir una paz funcional. Segunda variable: el balance de fuerzas. Venezuela, desde mucho antes que Chávez, estuvo preparándose para un escenario de conflicto externo. Colombia, por las razones obvias, para uno interno. Digamos que las Fuerzas Armadas de ellos se han especializado en una modalidad deportiva (verbigracia: velocistas) y las nuestras, en otra (maratón). Y ahora la idea es apostarlo todo a una carrera de 100 metros planos. ¿Creen que los juguetitos que quiere comprar Botero a la hora de la nona borrarán la huella de décadas de evolución en direcciones fundamentalmente distintas? ¡Ah!, pero es que Duque, dirán algunos, tiene a los gringos. Eso me lleva a la tercera variable: el desempeño de Estados Unidos invadiendo países medianos o grandes es malísimo. Hagan la lista: Corea, China, Vietnam, Laos, Camboya, Afganistán, Iraq, Libia, Siria… O huyó, o dejó un despelote de décadas. Si no pudo ni con Nicaragua. Eso sí, le fue bien con algunos de los muy chiquitos (Panamá, Granada). Pero Venezuela es un bocado grande, y Maduro conserva una base social sólida, parte de la cual está armada. Cuarta variable: la política. El uribismo y Trump hablan en nombre de la democracia. Pero la minan ferozmente en casa, y al promover de manera descarada invasiones estadounidenses y golpes de Estado están echando por tierra los avances democráticos duramente conquistados por el continente durante décadas. Como en los mejores tiempos del uribismo, nos ganaremos la hostilidad generalizada de pares y vecinos. Para no hablar de que Maduro y Trump comparten un amiguito íntimo, Putin, quien podría enredar todas las cuentas alegres de los uribistas (sí, Mafe: ¡el factor soviético!).

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Hay aún una quinta variable. ¿A que no adivinan cuál? ¡Sí, claro! La revolución. Desde hace rato, Lo mejor de la historia social ha identificado que una de las principales variables para predecir la desestabilización de distintos regímenes son guerras externas cuando el resultado no es favorable. De hecho, hay una obra clásica de Theda Skocpol (States and Social Revolutions) que muestra exactamente eso. Las dos revoluciones rusas estuvieron asociadas a guerras perdidas; lo mismo la china. Hay muchos etcéteras. Cierto, la gran Theda dijo después explícitamente que Latinoamérica era diferente. Pero no en el sentido de que las guerras no pudieran tener los efectos que ella había identificado, sino de que por estos pagos hubo revoluciones sin guerra externa (la mexicana de 1917).

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Ahora pongan todas estas variables juntas, y piensen en desenlaces… Cierto: el régimen de Maduro es deplorable. Recordemos sin embargo que nosotros tenemos más desplazados y emigrados —y muchísimos más muertos y masacrados— en nuestro libro de contabilidad que Venezuela. ¿No sería más razonable y acaso un poco menos azaroso tratar de construir un país vivible, del cual estamos lejos, en lugar de embarcarnos en esta aventura?

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