Es fácil caer en la tentación de dramatizar bajo la impresión de cada coyuntura.
Hay quien, a la primera pedrea, a la primera manifestación, a la primera asonada en frente a un supermercado, a la primera baja del ciclo económico, predice sentenciosamente el fin de los partidos, o de la vida pública tal cual la conocemos, o del capitalismo. No importa que el vaticinio no se cumpla. En el largo plazo... Pero en el largo plazo todos estaremos muertos, como supo decir el gran Keynes, y los aprendices de Nostradamus no estarán ahí para responder por sus desaciertos.
Con todo y estas palabras de advertencia —dirigidas sobre todo a mí mismo—, tengo la impresión de que en los últimos años se han ido acumulando eventos y procesos que sugieren que estamos presenciando ya los efectos más directamente políticos y sociales del resquebrajamiento del pacto socialdemócrata que marcó a casi todos los países capitalistas desarrollados después de la segunda postguerra. Como nosotros nunca tuvimos nada por el estilo, y lo poco que se construyó, principalmente durante el Frente Nacional, fue desmontado metódicamente en las dos últimas décadas, nos queda difícil imaginar la enorme importancia que reviste esta larga pero inequívoca agonía del pacto socialdemócrata.
Más allá de lo económico, el gran efecto del pacto fue domesticar a la política, y permitir que las contradicciones de clase se tramitaran a través de órganos altamente centralizados (Estado, capital y trabajo) que actuaban simultánea y coordinadamente como mecanismos de redistribución. Y de control. Así, Europa salió de una “guerra civil” de clases (según la expresión del historiador alemán Eric Nolte, un bicho sobre el que en algún momento valdría la pena hablar), y logró canalizar la energía del conflicto social para su reconstrucción. Una multitud de factores y variables finalmente debilitaron críticamente al modelo, al que están asociados los más altos estándares de calidad de vida que haya alcanzado la humanidad: su agotamiento (junto con las maravillas implicaba toda clase de problemas), su reemplazo por el neoliberal, la globalización económica, un masivo cambio tecnológico, serias tensiones demográficas producidas por el envejecimiento de la población (por ejemplo la relación trabajadores-pensionados se alteró dramáticamente), el declive y caída de las economías centralmente planificadas de Europa y por consiguiente la desaparición de una amenaza a la que había que responder. De manera más oblicua, pero decisiva, la coexistencia de un mundo ultra-próspero y con instituciones democráticas, y de otro subdesarrollado, hambriento y violento, generó migraciones en una escala enorme que los países avanzados han sido incapaces de asimilar.
Y esto alimenta la furia de los nuevos ghettos (como en París hace un par de años, como en Londres ahora), habitados principalmente por migrantes, pero también la de quienes odian a aquellos como portadores del mugre y el desorden (como en la masacre de Oslo). Furias por el momento desordenadas, episódicas, que en la mayoría de los casos se detienen en la antesala del motín. Aunque ya el matón noruego demostró una sorprendente capacidad de planificación y de espera, y actuó de acuerdo con consignas e ideas que había recogido desordenadamente del mundo legal. Si no estoy exagerando, si no incurro en el tentador pecado que critiqué al principio de esta columna, esto quiere decir que el viejo chimpancé, la política sin domesticar, la de antes de la segunda posguerra, la política de la exclusión, la rabia y el dolor, flexiona sus músculos y se apresta a salir de la jaula.