10 Feb 2017 - 3:31 a. m.

“¡Idiota!”: guerra y paz en las antípodas

Cualquiera que esté al tanto de las gracias de Duterte tendrá claro que Gaviria la sacó barata. El primer mandatario filipino, ultrapopular entre su gente, agravia y escala el tono con facilidad: madreó sin pensarlo dos veces a Obama, y le dijo no sé qué tantas cosas al papa Francisco. Como fuere, es agradable ver por una vez en la vida a un político colombiano subestimándose groseramente. Pues, con todos los reparos que tengo con el gobierno de Gaviria, no puedo poner en un mismo plano lo de Duterte y lo suyo. Es que su guerra contra las drogas no incluyó un llamado inequívoco a la eliminación física de consumidores y pequeños expendedores, llamado que constituye el núcleo de la campaña de Duterte. Con resultados espantables, claro. Según Amnistía Internacional, se producen en ese país más de mil ejecuciones extrajudiciales al mes. Como es inevitable cuando se da carta blanca a las agencias de seguridad del Estado para matar, junto con los ataques a blancos oficialmente establecidos (algo de por sí suficientemente horroroso) prolifera la violencia oportunista. Recientemente, la policía filipina secuestró, torturó y asesinó a un empresario coreano; había querido involucrarlo en el negocio de las drogas para poder hacerlo víctima de la extorsión.

Hay otra cara de la moneda, empero. Filipinas —un país que, con la mitad de nuestro producto interno bruto per cápita y una cultura muy diferente, tiene algunos importantes parecidos a nosotros— también ha sufrido una larga guerra; y como Colombia, tiene dos insurgencias significativas. La analogía no se puede estirar mucho más allá. La primera guerrilla es maoísta, la segunda es islamista (mejor: un piélago de agrupaciones islamistas). El Gobierno negocia con ambas. A principios de este año, Duterte estaba a punto de abrir la fase pública de conversaciones con los maoístas. No es coincidencia: como en Colombia, el primer punto de discusión era el agrario. Sólo que el gobierno de Duterte parecía dispuesto a ir mucho más allá en la agenda reformista que lo que soñaron en sus momentos más calenturientos sus pares colombianos. Evidentemente, en Filipinas están pensando en un reacomodo serio en el campo, como requisito clave para el crecimiento a largo plazo (Filipinas disfruta de tasas de crecimiento mucho más vigorosas que las nuestras).

Todo eso podría sugerir que en las antípodas en efecto todas las cosas son diferentes y la gente camina patas arriba, como creían algunos geógrafos del mundo clásico y del Medioevo. Pero no: fíjense cuántos parecidos. Así que, de manera más constructiva, uno puede concluir que estas cosas de la paz simplemente no se pueden mirar con anteojos doctrinarios. Esta comprensión básica es necesaria para salir de problemas, o al menos para buscarse problemas mejores. Si alguien entendió esto a profundidad fue el gran ensayista y pensador social francobúlgaro Tzvetan Todorov, quien acaba de morir. Escritor extraordinario, estuvo alejado de esta tendencia contemporánea ya plenamente naturalizada a creer que lo que suena bonito necesariamente es verdad. Pero no es esto lo que hizo de él un referente indispensable para mí. Todorov conjuga tres cualidades esenciales. Primero, un razonamiento claro, prístino. Segundo, la capacidad de identificar el horror, de nombrarlo. Tercero, la profunda aprehensión del significado de la resistencia, junto con una desconfianza igualmente profunda con respecto del heroísmo. En el mundo de Todorov no son los héroes que entregan sus vidas, sino aquellos que son capaces de recuperar la humanidad de los otros en todo lo que tiene de frágil y transitorio, los que cuentan. No podría estar más de acuerdo.

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