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Muy reveladora la intención de numerosos políticos y formadores de opinión de crear una gran polémica —la revista Semana usa la expresión “escándalo”— a raíz del viaje de la vicepresidenta Francia Márquez a África.
Naturalmente, todos los funcionarios públicos deben responder por sus actos. En ese sentido, está bien que no se relajen los resortes de la vigilancia pública frente a los gastos en los que se incurran. Pero: ¿ante esto? ¿Y de esa manera? Como muy bien trinó el colega Álvaro Forero Tascón: “hasta un racista” podría entender la importancia de este viaje en particular.
Colombia tiene una larga historia de ignorar por completo a África. Muchos piensan que no importa. Los que valen son los que están arriba de nosotros. Los blancos. Esa mentalidad (aparte de ser dolorosa, terriblemente reveladora) implica botar a la basura un mundo de oportunidades culturales y políticas. De explorar las conexiones históricas que tenemos con ese continente. Y también de abrir mercados. No se trata de una fruslería, sino de algo realmente importante para el país en esta coyuntura. Ahora bien: la vicepresidenta debe ir en avión, no nadando. Tampoco en piragua.
“Hasta un racista” con dos dedos de frente sería capaz de entender todo esto. Lo que me lleva a la siguiente conclusión: o hay déficit en la frente o hay algo más, adicional al racismo. O ambos.
De racismo virulento tenemos toneladas en nuestra vida pública (la triste toma de Paloma y Mafe mirando a Francia con sorna lo ilustra muy bien) y experiencias como estas deberían servir para interrogarla. Pero en efecto hay un plus, al que me referí en una columna anterior: este elitismo nuestro es cosa de iguazos. Su horizonte de imaginación política y cultural comienza en el parque de la 93, o en algún sitio elegante fuera de Bogotá, y termina en Miami. Su sentido del humor es el de la principal periodista de Semana. Su respuesta a las agresiones percibidas es siempre del estilo “ponga la cara” —porque se la rompo—, “usted es más hp que yo”, etc. Un elitismo primitivo, matón, que vive de espaldas al conocimiento, al mundo, a su propia sociedad. Sin ninguna noción de Estado. Sin memoria, es decir, incapaz siquiera de aprender de sus errores. Para ilustrar esto último pongo un ejemplo simple: ¿cómo nos ha ido históricamente con los países a los que miramos por encima del hombro? En la década de 1960 teníamos tres o cuatro veces más ingreso per cápita que Corea. Algo similar se puede decir de China. Y fíjense ahora. De pronto si hubiéramos estado más abiertos al mundo nos hubiera ido un poquitico mejor. Pero un iguazo no se plantea semejantes preguntas.
Yo no quiero que esta cosa turbia, oscura, malsana, que nos deja en ridículo a todos, vuelva al Gobierno. Preferiría que nuestra alternación en el poder esté marcada por la competencia entre fuerzas con otra mentalidad, con mayor capacidad, algo mejores. Pero, ojo: no se pongan optimistas. Es posible que la derecha realmente existente, a punta de insistir y de buscar oportunidades, gane las elecciones locales que se avecinan. Si eso sucede, estaremos frente a un problema mayor y el tipo de discurso al que me estoy refiriendo habrá ganado carta de ciudadanía.
No: ni se imaginen que esto se puede descartar. ¿No vieron lo que pasó en Chile? Los progres lucharon a brazo partido para tener una nueva Constitución, y ahora que la derecha se impuso será ella quien la redacte. Tales cosas no pasan porque la gente sea tonta, inconsciente o mala (la jeremiada habitual del académico). Sino porque ella no escoge en abstracto, sino con respecto de su experiencia vivida, específica, alrededor de las opciones que participan en la liza. La experiencia de las fuerzas políticas nuevas tiene que estar asociada a más bienestar, a más oportunidades, mejor personal, más previsibilidad.
