La espantosa matanza de Gaza continúa, rodeada de un estridente silencio por parte de los países y fuerzas que hasta hace poco se proponían como gestores de un “mundo basado en reglas”. Pero si el genocidio me conviene, las reglas se van al demonio. Recuerda uno el epigrama de Oscar Wilde: “juega limpio, siempre que tengas las cartas ganadoras”.
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Dije “hasta hace poco”. Pues ese orden hace agua por todas partes en medio de sobresaltos cotidianos. Después de lo de Gaza, me pregunto cuántos lo llorarán a moco tendido. Ahora mismo, India y Pakistán, dos potencias nucleares, están en una situación que ya pasó hace rato la alerta naranja. Esto no es casual. El indio Narendra Modi, un líder extraordinariamente carismático y hábil, ha desarrollado, al frente de su partido, una línea étnico-religiosa que exacerbó las tensiones entre los dos países. Cuando recientemente un atentado terrorista se llevó de por medio a decenas de turistas en una región disputada, Modi lanzó un ataque brutal contra su vecino, acusándolo de ser el inspirador de la abyecta hazaña. Hasta donde sé, no presentó evidencia alguna. ¿Pero a quién le preocupa eso a estas alturas? A propósito, esta confluencia entre solipsismo (cada quién tiene su verdad de bolsillo) y acción violenta se encuentra también fácilmente en Trump y en otros líderes de la extrema derecha mundial (incluyendo a nuestro partido de la motosierra).
El mundo en llamas y uno queriendo leer. Lo que no implica contradicción alguna. En la frase final de su fabuloso Candide, Voltaire recomienda qué hacer frente a las brutalidades extraordinarias de su época, que los candorosos de siempre, encarnados en el personaje del inefable Doctor Pangloss, pintaban en tonos rosados: “hay que seguir cultivando el jardín”. Se puede persistir, claro, a siglos de distancia, en la retórica de Pangloss, pero eso ya no es un programa, sino un problema de salud visual.
Mejor seguir cultivando el jardín. La Feria del Libro de Bogotá es un buen lugar para hacerlo. Tiene, como siempre, muchas cosas interesantes y gratas. La Universidad Nacional, por ejemplo, no olvidó el centenario del nacimiento de uno de los gigantes de nuestro pensamiento social, Orlando Fals Borda, y editó varios trabajos suyos y dedicados a él. Como tuve el privilegio de ser su amigo, en algún momento tendré que dedicarle una columna. Aparte de esto, hay toda una serie de títulos valiosos de nuestra producción social.
Mi ánimo positivo a favor de la Feria podría estar sesgado (aunque espero que no, pues siempre la he disfrutado bastante) porque presentaré allí, el sábado 10 de mayo a las 5:30 p.m., en el Gran Salón E, con la también grande Marta Ruiz, mi libro Tierra, Guerra, Política: Vuelta a las Raíces. No me puedo chivear, obviamente, ni sobre el libro ni sobre lo que se conversará. Pero el texto gira alrededor de una pregunta venerable, que de hecho es fundacional para nuestras ciencias sociales: ¿tuvo la desigualdad agraria alguna relación con los orígenes de nuestro conflicto armado? ¿Y si la respuesta es positiva, entonces cuál fue? Planteo una respuesta positiva, pero trato de mostrar que, para llegar a ella, hay que superar muchas de nuestras narrativas convencionales, que se han ido congelando en un conjunto de fórmulas rutinarias. E intento mostrar que es imposible entender el horror en el que nos metimos sin pasar por los complejos balances e intermediaciones políticas de la década de 1960, que culminaron en el fracaso de las reformas agrarias frentenacionalistas.
Hay que tener mucho cuidado con la historia contrafáctica: “qué hubiera pasado si…”. Pero la idea de que, si nuestra sociedad de ese entonces no hubiera perdido el examen de llevar a cabo una reforma agraria redistributiva, estaríamos en una situación mejor, y nos hubiéramos ahorrado decenas de miles de muertos, me suena más que plausible. ¿Habrá analogías con la Colombia del 2025?