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Indignación ‘nerd’

Francisco Gutiérrez Sanín

04 de julio de 2013 - 06:00 p. m.

El especial de televisión El Gran Colombiano ha generado un gran revuelo. Decenas de comentaristas calificados han expresado su rabia por el resultado: Álvaro Uribe quedó ungido como el colombiano de todos los tiempos, por encima de García Márquez, Antonio Nariño, Gaitán, Bolívar, Santander y todos los etcéteras que el lector quiera poner.

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Participé en el programa de cierre —es el tipo de cosas en las que uno nunca debería involucrarse, pero aquí tenía razones personales imbatibles—, y debo confesar que sentí un vuelco en el corazón cuando supe que el triunfo de nuestro oscuro, pendenciero y brutal caudillo era inevitable. Al fin y al cabo, los gringos habían elegido a Lincoln, los mexicanos a Benito Juárez y los italianos a Leonardo Da Vinci, para poner sólo algunos ejemplos. Se podrá argumentar que nosotros no contamos con un Leonardo. Pero no teníamos por qué castigarnos escogiendo a semejante tipo.

Lamentaciones aparte, el desenlace es interesante. Lo mismo que el torrente de reacciones indignadas, casi todas orientadas hacia lo que se podría llamar “sospecha procedimental”. Los organizadores estaban sesgados, apenas votó una minoría, alguien pudo haber torcido los datos. Todo esto es posible o simplemente cierto (la muestra de los votantes NO es representativa en el sentido estadístico). Pero hubo una participación, y una audiencia, masivas, el formato del programa es internacional, y el triunfo de Uribe fue amplio. Como ratificación de su popularidad, el evento resulta más bien impresionante.

Y sorprendente, claro. Como también sorprende inevitablemente la renuencia de gente leída y avispada a aceptar el valor de la evidencia. El secreto de pronto se puede encontrar en los sondeos de opinión. De acuerdo con muchos de ellos, uno de los pocos nichos sociodemográficos entre los que Uribe no cuenta con apoyos cercanos a la mayoría es el de la gente con educación superior. Los nerds son los menos seducidos por el estilo y el discurso del caudillo. El formato mismo del programa dramatizó el contraste. Estábamos en el set unos comentaristas, que íbamos evaluando las escogencias de la gente. Ninguno de ellos (cineasta, politóloga y periodista, periodista deportivo, politólogo) emitió una opinión favorable a Uribe. Corríjanme por favor si me equivoco. La defensa de oficio del líder paisa quedó a cargo de un autodidacta, José Obdulio, que lucha dificultosa pero afanosamente contra sus limitaciones. Si la votación hubiera dependido de los analistas invitados, Uribe no hubiera quedado en la lista de los primeros 125.

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Quizás por eso, algunas de las protestas airadas contra el resultado tienen un claro dejo elitista. La plantilla argumental es la siguiente: el país que lee a García Márquez y que ríe aún con el sacrificado humorista Jaime Garzón chirría los dientes frente a esa Colombia que se intoxica con Coelho, tararea a Shakira o a Juanes y se carcajea cuando ve Sábados Felices o al Paspi. Reconoce en el uribismo un aire de familia, una cosa de iguazos. ¿Saben qué? Este elitismo me parece problemático. Hoy, y de cara al futuro. Porque si vamos a construir una Colombia con paz y desarrollo, tendremos que entender e interpretar a Uribe, personaje nefasto pero comunicador extraordinario. Esto inevitablemente implica movilizar los recursos a los que los nerds supuestamente tenemos acceso: la capacidad de una reflexión metódica y cuidadosa, para entender incluso cosas que no nos hacen la menor gracia. La vía no es construir estereotipos fáciles y agresivos sobre la gente que opina distinto a uno. Esto último no es una explicación, sino una variante del tipo de humorismo que practica el Paspi.

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