Ahora que está sobre el tapete la discusión de numerosas políticas públicas —de manera prominente, la de salud— que podrían morigerar o profundizar la brutal desigualdad en la que vivimos, vale la pena desempolvar viejos interrogantes.
El país vive una intolerable inequidad. Como lo subrayara hace apenas unos meses el director del Departamento Nacional de Planeación, tenemos el bronce mundial en ese rubro. Por otra parte, también sufrimos de un largo, aparentemente intratable conflicto armado. Ambas cosas constituyen males sociales en sí. Pero, ¿habrá relación entre ellas?
La academia colombiana ha pasado básicamente por dos etapas en cuanto a la respuesta ofrecida a esta pregunta. La primera la constituyó lo que uno podría llamar la “violentología cualitativa” —con tal de que la expresión no se entienda peyorativamente—, que ofrecía un “sí” sin reservas. La guerra era una expresión del cierre del régimen y de la exclusión social, y los antídotos correspondientes eran la apertura y la inclusión. A medida que fue pasando el tiempo empezaron a evidenciarse los límites de esta retórica. Entonces llegó el desafío de un puñado de economistas que incursionó al tema, y que leyó al conflicto más bien como una gran operación de captura de recursos. Esto lo desvinculaba de la inequidad y sugería otro tipo de recetario (fortalecimiento de la justicia, operar sobre las fuentes de financiación de la subversión, etc.). Casi en paralelo, Paul Collier propuso en esencia la misma interpretación, sólo que a escala global. Eso bastó para que, alegremente, muchos cerraran el caso. La violentología cualitativa era pura paja, y sus aserciones habían caído bajo la guadaña de la estadística “científica”.
Todos los que consideramos a la estadística como una gran conquista de la mente humana supimos desde el principio que esto no era, ni podía ser, tan sencillo. El primer requisito de un buen modelo es una buena conceptualización, es decir, una buena reflexión “cualitativa”. Pronto, las debilidades, las inconsistencias y los vacíos de la retórica a la Collier empezaron a quedar en evidencia. En 2005, el Journal of Conflict Resolution, desde el cual Collier había lanzado pomposamente su programa, dedicó un número a la “crisis del paradigma” de los recursos. En los dos últimos años han salido importantes trabajos, que no solamente desarrollan conceptos para capturar las relaciones entre inequidad y violencia política, sino que los operacionalizan a través de modelos de medición (recomiendo particularmente el de Cederman y coautores en el American Political Science Review, 2011).
De manera, pues, que este debate que se consideraba muerto, rematado y contramatado —para parafrasear el título de un célebre libro de María Victoria Uribe— está más vivo que nunca, y pidiendo a gritos que se replantee en nuestro medio. ¿Se trata de resucitar un lugar común? Vamos, eso es una majadería, y no por pronunciarla con solemnidad deja de serlo. El hecho de que una aserción sea popular en ciertos círculos no le da, pero tampoco le quita, valor de verdad. Por lo demás, si en la actualidad predomina un lugar común es el de los recursos. Mi propia evaluación es la siguiente. Mucha de la violentología cualitativa se equivocó en su comprensión —simplificada— del sistema político, y tendió a poner a todas las injusticias en un mismo saco. Pero acertó al señalar el crucial papel que juega la desigualdad en nuestra violencia.
Eso no significa que la guerrilla sea buena, o agradable, o que el pacifismo ingenuo sea más viable. Significa que la violencia no es una maldición del cielo, sino que se relaciona con factores sobre los que podemos operar. No se ilusionen con conquistar una sociedad civilizada y estable para sus hijos si no cerramos esa enorme brecha sobre la que estamos parados, sobre todo si no es una brecha, sino más bien una herida que supura y que en buena parte ha sido abierta a sangre y fuego.