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Interpretando una innovación

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Francisco Gutiérrez Sanín
07 de abril de 2016 - 08:05 p. m.
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Ya sabemos que la marcha uribista no salió ni tan bien como esperaban sus organizadores, ni tan mal como se hubiera podido predecir por anteriores intentonas de este tipo protagonizadas por la cauda del líder paisa.

Porque, en efecto, cuando los senadores del Centro Democrático se dieron un paseo por la Séptima exigiendo la renuncia de Santos, eran “cuatro gatos”. Y daban risa, aunque fuera nerviosa. Ahora la cosa fue distinta: una movilización limitada, ciertamente más pequeña que la que en días anteriores habían protagonizado organizaciones sociales y fuerzas de izquierda, pero seria, con participación real.

Y eso tiene que llamar la atención porque se trata de una (relativa) novedad. Rara vez los partidos tradicionales colombianos, o sus herederos, han salido a manifestarse al margen de contextos electorales claramente delimitados; esto incluye a tipos tan innovadores como Galán. Los uribistas ahora están queriendo competir por el dominio de la calle. Y, hay que decirlo, han aprendido. Cierto: lo mismo que en las urnas, no tienen la más mínima oportunidad de obtener algo significativo si no es a través de la presencia abrumadora, tanto en términos de imagen como de micro-gerencia, de su caudillo.

La calle se ha vuelto importante para el uribismo por tres grandes razones. En primer lugar, la experiencia latinoamericana ha demostrado que manifestaciones masivas y sostenidas tienen el potencial de desestabilizar a presidentes en ejercicio. Los uribistas han concentrado buena parte de su odio en Santos, y no están pensando en debilitarlo o dañar su imagen: van por el cuero cabelludo. Visto de manera más pragmática, una de las vías de retorno al poder del uribismo es debilitar a Santos de manera irreversible, de tal manera que quede planteada con toda su fuerza el problema de la sucesión. El hecho de que en las últimas encuestas la imagen positiva del presidente haya caído hasta por debajo del 30% —algo que han tratado de interpretar con cuidado todas las fuerzas políticas, menos los santistas mismos—, le sugirió a la cúpula uribista que, si era capaz de crear una cantidad suficiente de pánico moral y de presión social, tendría una posibilidad real de reventar al Gobierno. Nótese que la ofensiva uribista en la calle vino acompañada del intento abierto de involucrar a la fuerza pública en su rechazo al Gobierno. Esto incluye la patética, pero no tan divertida, gaffe de Pachito Santos —confundiendo carabineros chilenos con policías colombianos—.

Segundo, sectores de la cúpula uribista sienten que se les acaba el tiempo. Corren el proceso de paz, las causas judiciales... El tipo de oposición implacable que hace el CD tiene costos altos; Uribe ya empieza a caer por debajo del 50% en imagen positiva. Incluso la restitución de tierras también inquieta a algunas figuras del mundo rural, así como a “compadres, amigos y vecinos” —parafraseo a Lafaurie— de despojadores que tan prominente papel juegan en la coalición uribista. Y así sucesivamente. Cuando el horizonte temporal se encoge, no hay grandes razones para la cautela.

Tercero, parte de la base social uribista tiene rabia; mucha. Necesitaríamos más y mejores encuestas para caracterizarla y entender sus razones; pero su presencia es obvia. Varios medios, que informaron mal sobre la marcha, después sobrecompensaron, afirmando que fue “pacífica”. ¿No pintaron las paredes del comercio con aerosol? Me alegro. No quiero quitarles mérito, pero es que (aún) no saben hacerlo. Por otro lado, vi en televisión a tipos descompuestos gritando “yo soy paraco y qué”, y a otros llamando al asesinato (de Santos: “el tirano”). Vi a neonazis y a energúmenos varios. ¿Pacífica? La marcha más bien fue disciplinada y expresiva: de rencores y odios. Las elecciones sólo pueden capturar el orden de las preferencias; la calle, en cambio, es el escenario ideal para expresar su intensidad.

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