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James y el error de Calderón

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Francisco Gutiérrez Sanín
04 de julio de 2014 - 02:55 a. m.
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Ahora que el país está en medio de una justificada —en vista de la manera fantástica en que está jugando la selección, y del delicioso transcurrir del torneo— fiebre mundialista, vale la pena preguntarse qué hace del fútbol el rey del deporte de alta competición.

Mirar deporte —el gran deporte, el de los profesionales— es quizás el principal modo de empleo del tiempo libre de nuestra civilización. A uno se le vienen a la cabeza varias razones por las que resulta tan atractivo. En cierta forma, es el sustituto ideal de la guerra: una afirmación física de la identidad, con ganadores y perdedores, pero con reglas estrictamente delimitadas y costos bajísimos (en realidad, se ha convertido en un gran negocio). Adicionalmente, es un espectáculo plebeyo, una de las últimas formas de incorporación social (así sea simbólica) incontestadas que nos quedan. Federer, que habla cinco idiomas y en la cancha se desenvuelve como un gran señor, comenzó como un recogebolas. Mohammed Alí nació entre trabajadores manuales de una etnia excluida. Los nairos y los rigobertos son de familias campesinas, no tan infrecuentemente martirizadas por nuestra violencia. No hablemos ya de los maradonas y los cuadrados. Algunos aprovechan esa incorporación simbólica para montar una típica falacia de composición con respecto a la movilidad social ascendente —si uno puede, todos pueden—; otros simplemente sienten a estos héroes del siglo XXI como más cercanos y por tanto entrañablemente suyos. Otra ventaja crucial —y un poco deprimente— de mirar deporte es que no toca hacer ejercicio. ¿Acaso no es encantador poder disfrutar de todas las emociones de la práctica sin tener que moverse de la silla?

Estas y otras características son comunes a todos estos espectáculos: desde el tenis hasta las artes marciales combinadas. Pero, entonces, ¿qué hace al fútbol tan especial, tan abrumadoramente masivo? Le apostaría a dos factores. El primero, más o menos obvio, es el de la coordinación y la solución de los problemas de acción colectiva. Por ejemplo, en prácticamente todos los deportes de raqueta y de combate, la modalidad principal es un individuo contra otro. En rugby y béisbol las reglas de procedimiento están altamente ritualizadas, y lo colectivo tiende a comerse lo individual. No hay un jugador extraordinario de rugby que conozcan los no fanáticos de esa práctica. En cambio, a Pelé lo identifican y admiran los legos en fútbol, así como al Che Guevara lo portan en su camiseta y sus gorras personas que nunca pensaron en volverse guerrilleras. Otros deportes colectivos se basan en equipos generalmente más pequeños, y exigen mucha menos capacidad de improvisación para jugar en equipo. En esto, el fútbol es el rey: hay superestrellas, pero solamente pueden brillar en un conjunto bien armado. El segundo es el manejo de los tiempos. En tenis no se puede ganar o perder en el último minuto, porque no hay último minuto: se juega contra un marcador fijo. Lo mismo sucede con el béisbol. La angustia de sentir el paso del tiempo mientras el equipo predilecto va perdiendo 1 a 0 cuando faltan 20 minutos a duras penas tiene análogo en algún otro espectáculo, y se parece —en algunas ocasiones supera— a las pasiones y emociones de lo que llamamos vida real.

Una tarde de fútbol —del de verdad: no del que se practica, sino del que se mira— puede convertirse en una pesadilla o en una fantasía. Y aquí es donde figuras como las de James Rodríguez ponen al descubierto toda la impotencia escondida en la archicélebre fórmula de Calderón: “los sueños, sueños son”. El que ha padecido y gozado con el fútbol sabe que los sueños son mucho más que sueños: que importan, cuestan, y dirigen nuestras vidas.

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