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PERÚ AFRONTARÁ EL PRÓXIMO MES de abril, si no me equivoco, unas importantes elecciones. Es un país que en términos de comportamiento económico se parece bastante a nosotros, pero que en los últimos años nos ha empezado a dejar atrás.
En medio de dificultades a veces amargas, que no dejan de recordar a las colombianas, ha logrado mantener un nivel más bien impresionante, y sostenido, de tasas de crecimiento. El creciente contraste entre Perú y Colombia se puede ilustrar comparando el hermoso y eficiente aeropuerto de Lima con el patético y crecientemente peligroso muladar de Eldorado, la obra estrella del tipo de empresariado que hizo su agosto bajo Uribe.
Pero para qué tentar un disgusto: estamos casi en Navidad. Me limito a constatar que Perú es el milagro económico silencioso de América Latina. Sin embargo, las últimas presidenciales han significado para ese país una carrera contra el miedo. Pues, debido a su injusto y marcado dualismo —con una Sierra empobrecida, sin capital humano o infraestructura, que el actual modelo de desarrollo no logra incorporar— en cada torneo electoral algún candidato extravagante y peligroso logra acumular el suficiente apoyo como para amenazar a las figuras más convencionales y predecibles, a las que apuesta el sentido común modernizador. En las pasadas Ollanta Humala metió tanto miedo que llevó a Vargas Llosa a ofrecerle su apoyo a Alan García. Ahora, con Ollanta algo eclipsado —aunque por encima del 10% de simpatizantes en los sondeos—, el turno le toca a Keiko Fujimori, la hija del encarcelado autócrata Alberto. Keiko está cerca, muy cerca de los punteros, y eso llevó a Vargas Llosa a pronunciarse una vez más, con gran dignidad, contra todo lo que representa el apellido Fujimori. Pero la respuesta tranquila y contundente de Keiko me hizo pensar que la chica tiene mucho futuro, y que el que la descarte de antemano estará pensando con el deseo.
Keiko nos da, a su manera, una importante lección a los colombianos. Muchas figuras se han portado de manera autoritaria, violenta y destructiva en el poder. Pero de ellas, sólo algunas lograron mantener una amplia base social inmediatamente después de bajar al asfalto. No necesariamente son las menos malas; las razones detrás de las fidelidades que concitan ameritan un cuidadoso análisis. Fujimori no sólo ejerció la violencia y destruyó la democracia, sino que incurrió en publicitados actos de corrupción (los famosos Vladi-videos, en los que el asesor presidencial Montesinos ofrecía coimas multimillonarias a cambio de apoyo, le dieron la vuelta al mundo, y se han distribuido en todo tipo de formato, incluido libro). Pero conservó fuertes simpatías en diversos estratos y regiones, y marcó con fuego la experiencia política de al menos una generación de peruanos. No esperemos, pues, que esas fidelidades profundas y persistentes se evaporen aquí. Menos aún cuando, en contraste con Perú, las gravísimas transgresiones que han tenido lugar en nuestros lares han gozado de total, generosa impunidad.
Mucha gente anda molesta con Uribe. Sí, dan ganas de decirle ¿por qué no te callas? Pero estén seguros de que no se va a callar. Va a seguir gritando, insultando, escupiendo. Y, no lo olviden, proponiendo. Lo que asombra es que algunos políticos profesionales —sobre todo a la izquierda del espectro de preferencias— no han visto esta parte de la ecuación colombiana. Un punto ciego más… Pues si no quieren llevarse una sorpresa desagradable, es mejor que aprendan la lección de Keiko. Pero esto ya es tema para el próximo año.
