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La hipocresía civilizadora y sus límites

Francisco Gutiérrez Sanín

28 de mayo de 2015 - 08:46 p. m.

ESTÁ BIEN QUE LAS GENTES SE RASGUEN las vestiduras por la concesión de un aval por parte de Cambio Radical a una amiga guajira de Kiko Gómez.

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Está bien que el Galán radical ofrezca su cabeza, y que a un señor Lleras, al parecer culpable del despropósito, le den una palmada en la mano (“no avales hampones niño, ¡caca!”). Iría tan lejos como para afirmar que está bien que periodistas y políticos —algunos con   larga trayectoria de complicidad con estas prácticas— se declaren patidifusos con el episodio.
 
Pues estos estupores repentinos y aquellos apresurados redescubrimientos de la moral son un caso particular de la proverbial función civilizadora de algunas hipocresías en la vida política. Sea como cortesía moderadora, aunque falsa, sea como moralismo ambiguo, algunas hipocresías modernas aceitan el trámite institucional de los conflictos y permiten una mejora gradual de las conductas.  Pero creo que en este caso particular, la hipocresía civilizadora tiene apenas una utilidad limitada; sólo serán posibles mejoras sustanciales si se entiende bien en qué raíces fértiles hunde el frondoso árbol de la corrupción política colombiana sus raíces.
 
No es en una corta columna donde se puede ensayar tal diagnóstico, pero vale la pena hacer un par de recordatorios para al menos poner el evento en su contexto. Comencemos con Cambio Radical: tiene una larga lista de políticos-delincuentes que ha apoyado de manera sistemática en muchas regiones. ¿Se acuerdan no más de Julio Acosta en Arauca? Hay muchísimos más ejemplos, todos públicos, todos repugnantes para alguien que quiera tener alguna consistencia moral, como la que reclama el Galán radical. Con esto no quiero implicar que todos los miembros de Cambio sean unos hampones. Por el contrario, tienen gente excelente. Germán Varón es un ejemplo: congresista serio, tolerante y sistemático. Tal vez tenga alguna mancha moral; pero no se la conozco. Lo que estoy diciendo no es que los partidos colombianos no tengan germanes varones, sino que dadas las características de nuestro sistema político ellos tienen que convivir con los julios acostas.
 
Algo análogo se puede decir del partido de la U., o del origen de estas fuerzas, el Liberal. El síndrome, claro, está presente hoy: ¿no avalaron los rojos al señor Luis Pérez en Medellín? Recuerden la parapolítica, que involucró a decenas de congresistas, pero que no tuvo la fuerza para identificar a toda la gente que estaba manchada a nivel de alcaldía y de cuerpos colegiados subnacionales. Tipos que quieren pasar por adalides de la moral convivieron alegremente con la caterva de sinvergüenzas del uribismo profundo, que sigue alimentado el hacinamiento carcelario y lo seguirá haciendo en el futuro. De hecho, el Polo en Bogotá reprodujo el esquema: gente impoluta cohabitando con bandidos, a los que no se atrevió a denunciar hasta que el hedor fue insoportable. Ni hablar de los conservadores…
 
No: no estoy diciendo que todos sean iguales. La política siempre es dura y pesada, pero de ahí a convertirse en lo que es hoy la colombiana hay muchos pasos muy largos. Hay personajes excelentes, y otros malos, en los diversos sectores del espectro. Igualar por lo bajo no sólo es erróneo sino contraproducente. Pero hay problemas muy serios en la configuración de nuestro sistema político y en la manera en que partidos y Estado se instalan en las regiones. No podremos enfrentar tales problemas sin sinceramiento y análisis sistemático.
 
Dos grandes que se van.  Rindo homenaje a dos personajes que acaban de morir, diferentísimos entre sí, cuyas preferencias y visión de mundo estuvieron muy lejos de las mías, pero a quienes admiré mucho, por distintas razones: Otto Morales y John Nash.

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