Y se murió Milan Kundera. Leerlo fue uno de mis vicios. Además, sentí gran simpatía por el personaje: una suerte de ícono de la incorrección política en todas las direcciones, insatisfecho siempre con todo y con todos. Crítico salvaje del socialismo real, en el que se formó, y del mundo occidental, hacia donde migró.
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Hoy, dos trinos energúmenos, o simplemente no cosechar la cantidad suficiente de likes, desaniman al comentarista más valiente. Hay excepciones, pero poquísimas. Kundera cultivó no solo el arte de la narrativa, sino el de ir en contravía. No me tomo esto a mal. Por el contrario, me encanta: incluso, o sobre todo, cuando diverge (con su ferocidad habitual) de mis puntos de vista.
El obituario más bien patético de The New York Times (comienza: “Sus novelas, sexualmente cargadas, hablaban de lo absurdo que era vivir en Checoslovaquia”) revela hasta qué punto un cierto tipo de mirada —provincial, anacrónica y esterilizante— puede derivar en la incomprensión pura y dura. También muestra hasta qué punto toda la obra de Kundera se desarrolló en un mundo muy diferente al nuestro. No caigamos en las trampas de la nostalgia. Pero tampoco en los entusiasmos frívolos por lo actual. Puede ser que la relevancia intelectual, estética y moral de Kundera haya desaparecido, junto con la entidad política que lo vio nacer (Checoslovaquia). Puede que no. En este último caso y dado lo que nos contó y la forma en que lo hizo, sigue vigente solamente en la medida en que nos haga sentir incómodos, en que nos saque de nuestra zona de confort. A todos y cada uno de nosotros. Y, sí, un poco más ridículos. Vivan sus “amores ridículos” (creo que “risibles” sería una traducción más fiel y gentil). Disfruten esa ridiculez, a como dé lugar. Pero no se olviden de que está allí. Para mí, ese es el mensaje explosivo y brutal que nos manda Kundera, ahora desde la tumba.
Con un potencial giro político pacifista que, me imagino, a estas alturas ya no puedo evitar. Buscar esos giros se me volvió un automatismo. Consiste en la siguiente hipótesis: si cada uno de nosotros se siente, digamos, un 2 % más ridículo por ser quien es, de pronto dejamos de matarnos con tanto entusiasmo. Esto, que también va abiertamente en contravía, es solo en parte chiste: Checoslovaquia, un país que se dividió sin derramamiento de sangre durante su Revolución de Terciopelo, ha cultivado una larga y gloriosa tradición de convivencia pacífica. Y también es uno de los grandes epicentros de la autocrítica, como, entre otras cosas, lo ilustra otro escritor checo, el enorme Franz Kafka.
Ya veo a algunos escarbando en Wikipedia para encontrar contraejemplos que minen la idea de la trayectoria relativamente calmada de los checos. Les anticipo: los hay y dramáticos (la barbacoa en la que fritaron a otra notable figura, Juan Hus). Pero no son tantos. Comparen con la vecina Alemania o con Hungría, Rusia, Francia, Estados Unidos. O con nosotros. Creo que, en este caso, el veredicto es inobjetable: los checos parecen estar bastante por debajo de la media del gran deporte mundial del matoneo.
También veo a los miembros de la “policía de la causalidad” frunciendo el ceño: ese traslape entre autoescepticismo y pacifismo, incluso en caso de ser cierto, podría ser una coincidencia. Sí, sí, lo entiendo. Pero no hay nada de qué alarmarse. Una columna de opinión es, o por lo menos ocasionalmente debería poder ser, algo parecido a una amable conversación en el café. Se juega un poco con las ideas, se les dan vueltas, salen varias hipótesis, se conversa sabroso. El afinamiento, si vale la pena, se deja para después. Para no hablar ya de que hay toda una cantidad de cosas importantes que no pasan por los experimentos o los números (de la misma manera que hay otras tantas que sí).