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La leche y el mosco

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Francisco Gutiérrez Sanín
23 de junio de 2016 - 09:07 p. m.
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Tan extraordinario el anuncio del Gobierno y las Farc acerca del acuerdo del cese al fuego bilateral, que es difícil entender todo lo que implica sin tener la debida distancia.

Varios comentaristas hemos destacado que con la paz empieza una etapa de desafíos complejos y trabajo duro; estamos “apenas” trocando unos conflictos letales y estúpidos por otros mucho menos costosos y con mucho más sentido. Pero esto no desdice de la importancia trascendental del anuncio, que hace de la paz (al fin me atrevo a decirlo) un proceso casi sin reversa. Aún me reservo el casi. Estas cosas son intrínsecamente difíciles.

La estatura histórica de los personajes que lideraron esta paz crece de manera automática y significativa. El gobierno de Santos acaba de alcanzar una meta que se propusieron tres generaciones mal contadas de colombianos. Está cerrando una de las guerras civiles más largas del mundo, que costó la vida de decenas de miles de compatriotas. Se necesitó para hacerlo, entre otras cosas, mucha destreza y mucha valentía. Sergio Jaramillo fue el gran arquitecto, que combinó una visión de largo plazo de extraordinaria lucidez con su proverbial terquedad para mantener al proceso dentro de un cauce viable. Ambos componentes (lucidez y terquedad) fueron indispensables para los éxitos que estamos disfrutando. Humberto de la Calle es el único colombiano que ha tenido un papel de dirección en las dos grandes transformaciones positivas que ha experimentado este país: la Constitución de 1991 y la paz con las Farc. No se puede omitir la labor importantísima de los miembros activos o retirados de la fuerza pública, que aportaron su visión y sus valores específicos para lograr que todo el diseño fuera posible.

Ni tampoco debe callarse el aporte de la delegación de las Farc, que le apostó a la paz en serio y que ahora comienza un tránsito hacia su conformación como interlocutor democrático para contribuir a la reconstrucción de este país. Si el lector quiere tener una métrica precisa de cuánto ha evolucionado el discurso de las Farc, compare sus primeras intervenciones cuando recién se anunciaba en Oslo el inicio de la mesa, hace cuatro años, con las de hoy.

Importantes representantes del sector privado se han manifestado a favor de la paz. También gobernantes locales (Armitage brillante, Peñalosa positivo). Y por último: las serenas pero conmovidas declaraciones de muchas víctimas de las Farc a favor del acuerdo son contundentes. Nos recuerdan que, pese a todos los horrores que hemos vivido, aquí hay reservas espirituales y emocionales que haríamos bien en no olvidar ni desaprovechar. Me impresionó particularmente Alan Jara.

Cierto: tenemos que pensar desde ya las tareas y cargas pesadísimas que este gran éxito pone sobre nuestras espaldas. Pero a veces es necesario hacer una pausa para cumplir de manera simple y llana, aunque forzosamente incompleta, los deberes inapelables de la gratitud. Es lo que hago con esta columna. La guerra se está acabando ante nuestros ojos. Y esto no fue producto de un terremoto, o de una moneda lanzada al aire, o —para utilizar la metáfora con la que tanto han martirizado a Santos— de un afortunado lance de póker. No. Fue el producto de acciones bien pensadas y sistemáticamente implementadas por gente capaz y resuelta. Honores y aplausos para ella.

Esto, estimada lectora, es el delicioso y apetecible tazón de leche. Al que inevitablemente caerán algunas moscas. La peor hasta el momento: el encarcelamiento de Carlos Arturo Velandia, figura clave para el incipiente proceso con el Eln, por delitos que se cometieron mientras él estaba en prisión. No media una sola prueba. ¿Errático afán de protagonismo de la Fiscalía? Así pareciera. Pero que subraya cuánto falta para impulsar esta otra paz, desesperadamente necesitada de oxígeno, diseños cuidadosos, y objetivos y tiempos realistas.

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