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UNA DE LAS MUCHAS COSAS QUE TIEne enredado el trámite del referendo reeleccionista es que quedó mal redactado.
Como se sabe, los promotores de la empresa querían garantizar la continuidad del presidente Uribe cambiando, una vez más, la Constitución para permitirle presentarse a las elecciones del 2010. Pero la redacción claramente dice que lo que los firmantes apoyaron fue consentir su presentación en el 2014.
Ahora póngase el lector a pensar lo siguiente. Esta gente se dio la pela de debilitar, una vez más, nuestra institucionalidad pasando por encima de todo tipo de objeciones; consiguió mucha plata, saltándose todas nuestras regulaciones electorales por la torera; apeló a varios apoyos al menos dudosos (los camiones de Transval); le contó de nuevo al país el cuentazo caudillista de que sin Uribe no podremos vivir; y finalmente obtuvo millones y millones de firmas de respaldo. Y sin embargo no fue capaz de escribir bien el articulito. Se necesita un nivel estridente, heroico, de chambonería e ineptitud para hacer semejante torpeza. Una chambonería —cómo decirlo— sublime, misteriosa, teologal. Y eso que estaba de por medio el futuro de Colombia… Yo de Luis Guillermo Giraldo no volvía a salir a la calle. Pero él sigue tan orondo, pidiendo ahora que se cambie la redacción porque la gente en realidad quería algo distinto a lo que firmó (el tipo, es claro, sabe de telepatía). Giraldo, que por su trayectoria debe de tener piel de rinoceronte, lo aguanta todo. Pero nuestro Estado no.
Ahora pasen a otra película: las relaciones colombo-venezolanas. Hay de por medio cosas como las siguientes: Venezuela es uno de nuestros principales socios económicos, sin duda nuestro vecino más poderoso, con el que hemos tenido una relación difícil y atormentada que finalmente va sanando. Se producen unas elecciones subnacionales críticas, en un contexto en el que el gran caudillo de allá quiere, oh coincidencia, garantizar su continuidad ilimitada en el poder (allá también con un poco de chambonadas; pero no tantas. No tienen a Giraldo). Y justo en ese momento cogen a un cónsul nuestro jugando a conspirador con el inefable José Obdulio. Le graban una conversación delatora a los dos grandes espías (¿se comunicaron por zapatófono? ¿estaría Obdulio usando antifaz?). Malísimo que graben a nuestros diplomáticos. Patético que ellos estén metidos en juegos peligrosos sin que les pase por la cabeza que estos pueden tener consecuencias. Peor aún el grado de desinstitucionalización que revela todo el evento: un cónsul de un país clave dándole cuentas a una persona que no es ni siquiera funcionario del Estado. Pero lo que le da su firma específica al episodio es su terminación: las excusas rendidas del asesor presidencial al caudillo vecino, opacas, falsas pero al mismo tiempo genuflexas.
Son sólo dos ejemplos de algo mucho mayor. Entre múltiples chambonadas, cheques chimbos, chancucos varios y grandes chillidos, el Gobierno de la letra “ch” va desagregándose ante los ojos, por fin asombrados, de los colombianos. La lección simple que deja todo este penoso desfile de bufones y aficionados es que destruir las instituciones cuesta. Y el costo lo pagamos todos.
