Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hay que sacar, física, simbólica o políticamente, a quien no está de acuerdo conmigo. Lamentablemente, se oye cada vez más esta clase de expresión en el proceso electoral que se avecina.
El fenómeno tiene poco que ver con la “polarización”, expresión de contenido precario y discutible, entre otras cosas porque en el sedicente campo despolarizador uno encuentra expresiones estigmatizantes que en Colombia han generado, una y otra vez, desenlaces de pesadilla. Ya les mostraré alguna evidencia. Hay mucha más, pero no cabe en una columna.
Comencemos con la extrema derecha. Destripemos al antagonista, dice De la Espriella. El candidato que va punteando representa a las FARC, dicen al unísono sus campañas (en esto, Paloma es, de hecho, todavía más brutal y mendaz que El Tigre). Circulan en redes videos de matones con mazos merodeando por las calles para atacar “mamertos”, con el aval de partidos políticos, que ni se mosquean cuando se les pregunta por qué apoyan tales cosas. Reinas de belleza se han preguntado a quién hay que balear primero, si a Fulano o a Zutano. El caudillo afirmó recientemente que su principal contradictor es “el perfecto camarada de las FARC”. Nunca se arrepintió de su abismal, de su miserable “no estarían cogiendo café”. Sigue en las mismas (no hablemos ya de que la entidad a la que se refiere ya NO existe).
Por desgracia, este estilo de estigmatización irresponsable se ha propagado a otros ámbitos. No se puede meter aquí a todo el mundo en el mismo saco; en este particular, los matices lo son todo. Por eso, y para que se capte la especificidad del fenómeno al que me refiero, comienzo por un par de ejemplos positivos. Oviedo ha desarrollado una campaña cuidadosa y propositiva, más allá del odio. Estoy en desacuerdo con muchos de sus planteamientos, pero los tiene; no se reduce a las ganas de destripar. En el reciente debate televisado, él y Aníbal Gaviria fueron los únicos que tuvieron la entereza de caracterizar el horror de Gaza como genocidio: eso sugiere que no gusta del asesinato en masa como método de gobierno.
Alejandro Gaviria mantiene desde hace tiempo un feroz diferendo con el presidente de la república. Chocan con frecuencia en las redes sociales. Para ambos, la identidad de intelectual es fundamental: por eso, en sus intercambios vuelan los nombres de Aristóteles y Alejandro Magno, así como las referencias a la teoría de la ciencia, a la ignorancia y al absurdo. Pero, al menos en sus enfrentamientos directos, no he encontrado, aparte de la aspereza natural de la vida pública, amenazas o el propósito de marcar al adversario o a su base como enemigo destruible.
Ahora cojan la siguiente declaración de Ruddy Hommes. Comentando en X la reciente encuesta electoral de Cambio, exclama, entusiasmado, que “le volvió el alma al cuerpo”, cosa que, a propósito, demuestra que no entendió nada de lo que estaba sugiriendo ese ejercicio. A renglón seguido, le pide a un candidato (que, tengo que decir, no ha avalado esta clase de declaraciones) que presente una propuesta de seguridad “para todos los que no somos mafia ni guerrilla”. Aquí tienen de nuevo la estigmatización irresponsable, genérica, dirigida contra diferentes bases sociales y electorales. Piensen en lo que esto implica: los que no van a votar como yo son antisociales. Desde qué mundo pequeñito se enuncia esta clase de cosas.
A propósito: también es terrible insinuar que los votantes del Tigre son narcos. Y si alguien –como yo– cree que es fundamental para el país que no gane, esa clase de planteamiento sería el más contraproducente posible.
Aquí me referí a los equipos dirigentes. En las redes, cualquiera puede decir locuras: a izquierda, centro o derecha. Me topo con frecuencia con ellas. Pero ya sabemos qué pasa si los liderazgos se convencen de que las “soluciones” pasan por sacar a millones de personas de la vida pública.
