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Leo en un buen semanario europeo (Polityka) que Colombia volvió a quedar en el top cinco del escalafón de la felicidad.
De tercero, por debajo de Costa Rica y Vietnam. Aparentemente, la noticia pasó desapercibida para la prensa de nuestro país, que ha perdido así una extraordinaria oportunidad para deprimirse. Porque los registros ganadores de la felicidad nacional invariablemente dan pie para un escándalo, más o menos como un acto de corrupción. ¿Qué clase de país será este, se pregunta invariablemente alguno, que vive eufórico en medio de tantos horrores? ¿No será que tendremos que poner a la hiena en nuestro escudo nacional? (el lector recordará que, según el viejo chiste, las hienas viven riéndose y les gusta comer mierda. El humor negro no siempre concuerda con la historia natural).
Y sí. ¿Cómo entender el fenómeno? Porque en efecto la cantidad cotidiana de hechos y recuerdos espantables con los que tenemos que convivir es enorme (a propósito: recomiendo el extraordinario reportaje de La Silla Vacía sobre los falsos positivos, http://lasillavacia.com/historia/el-batallon-que-gano-el-concurso-de-falsos-positivos-49218). No es fácil encontrar una explicación para nuestra alegría crónica. El semanario en cuestión publica el mapa de la felicidad, según el instituto que produce el indicador, y después de mirarlo muchas veces fui incapaz de encontrar un patrón aparente. ¿Se trata del trópico? Salvo Madagascar, la soleada África tiende más bien a la tristeza. Tampoco son el desarrollo o la democracia: Irak y Arabia Saudita sobrepasan por mucho a Bélgica y Dinamarca. En nuestro continente, la —ahora— exitosa Bolivia y el amable y plácido Uruguay son los más desdichados. Venezuela tiene felicidad a montones, y a Colombia no le cabe un tinto.
¿Y entonces? Hay varias maneras de ver el resultado. Una es simplemente ignorar el indicador, que sufre de problemas tan severos que lo hacen a uno preguntarse si tiene algún significado real. Totalmente cierto. Y sin embargo, la insensata animación en medio de la adversidad podría tener algo que ver con nuestro ethos nacional. Estas cosas son difíciles de agarrar, y al principio es mejor simplemente proceder por impresiones. Una escena de Tiempo de Morir se me quedó grabada indeleblemente: un tipo entra a un bar y baila solo. Eso no le gusta a un dispéptico, que le da una trompada. Después de unos instantes de desconcierto, el bailarín se para y pide que siga la fiesta. Cotejo esto con un evento de la vida real. Después de la Operación Jaque los gringos —que al fin y al cabo eran soldados profesionales, entrenados para esas cosas— se encerraron durante meses para seguir un tratamiento sicológico. Los colombianos recién liberados se lanzaron de inmediato y sin agüeros al turbión de las campañas políticas, la polémica pública y a veces el escándalo. Que siga la fiesta.
Otra reacción es denunciar el excesivo negativismo de los intelectuales colombianos. Somos felices porque hay motivos reales para serlo. Sólo que los columnistas y los sociólogos no los ven. No se rían: hay gente que lo cree en serio. Bueno, es un punto de vista que hay que considerar. Si somos absurdamente felices, quizás también debamos ser razonables más allá de toda sensatez. Pero lo que no se puede negar es que junto con las cosas buenas que tiene nuestro país y nuestra historia, somos también una gran fábrica de producción de horrores. Esto podría cambiar: pero por el momento es así.
La peor respuesta frente a este tipo de cosas es lanzar los brazos al aire, pegar un alarido de desesperación y manifestarse indignado. Esto hace parte de la liturgia nacional y, me imagino, es la contracara del dichoso indicador. No: hay que tratar de entender. Con ironía, pero con calma. Metiéndole un poco de felicidad a la cosa. Aparentemente, estamos en buenas condiciones para hacerlo.
