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Sí: sé que en muchos círculos Angela Merkel ha sido retratada como un ogro (en Grecia sacan su foto adornada con un bigotito a la Hitler), pero eso no significa que no haya sido una extraordinaria política.
Ciertamente, mucho mejor que Hitler, quien nunca pudo obtener semejantes mayorías en un ambiente de libertad. Por lo demás, no veo cómo refutar el principio básico de que si uno gasta más de lo que tiene, inevitablemente queda en algún momento en manos de otros. Que la Merkel haya hecho uso de este principio con sistematicidad alemana no la hace terriblemente mala, sino apenas convencional. De hecho, tengo la hipótesis de que Merkel, quien desde sus proverbiales moderación y tozudez pertenece al centro derecha en su país, sería considerada en el nuestro una peligrosa subversiva, al menos respecto de ciertas políticas claves.
Un aspecto que no se ha resaltado aquí sobre la victoria aplastante de Merkel es que se basó en un mensaje simple y claro. Algo así como “tranquilidad en medio de la tormenta”. Su principal rival, el socialdemócrata Peer Steinbrück, era por el contrario un personaje atravesado por todas las ambigüedades imaginables. Comenzando por el hecho de que, estando cerca de los círculos financieros y siendo reconocido amigo de las políticas de austeridad, adelantó una campaña dirigida a recuperar a los votantes de izquierda, que obviamente no le creían una sola palabra. Este es sólo el comienzo de una larga lista que hacía de este personaje, colorido pero electoralmente inadecuado, un perdedor fijo.
La importancia de los mensajes claros se puede pensar desde el medio colombiano. El costalazo del presidente Santos en los sondeos de opinión en buena parte puede considerarse el costo de una ambigüedad persistente (algo muy distinto a la moderación). Hoy creo el pacto agrario, mañana pongo a un ministro de Agricultura que no gusta, y no puede gustar, a nadie que sea partidario de la justicia y el desarrollo en el campo. Hoy hablo de cambios a favor de la equidad, mañana me presento (¡todavía!) como el gran defensor de los tres huevitos. Y así sucesivamente. La idea en principio no es absurda (dejarse todas las opciones abiertas). Pero el resultado es que no hay mensaje, mucho menos claridad, y que todos los posibles públicos empiezan a irritarse con él.
¿En favor de quién? Los hinchas de todos los cuarteles hacen ahora cuentas alegres con respecto de su capacidad de heredar las fortunas electorales del presidente en desgracia. La verdad, como sucede a menudo, es más complicada y más desagradable. La tercería de Navarro nace en medio de una atolondrada cacofonía —que es el jingle que caracterizó desde el comienzo a los Verdes—, de maniobras que no entienden siquiera los especialistas, y sin interlocutores razonables a la vista. El Polo carga con el fardo de múltiples contradicciones, de su pésimo desempeño en Bogotá y del espectro de la pérdida de la personería jurídica. Como sucede con la tercería, hay en el Polo personajes de primer nivel, pero no un mensaje claro y simple que pueda llegarles con eficacia a distintos auditorios. No hablemos ya del Partido Liberal, el Conservador o Cambio Radical, metidos en múltiples y opacas peleas cruzadas que han convertido al caserón ya destartalado de la Unidad Nacional en un campo de batalla. Queda el Centro Democrático. Pero este también está comenzando a hacer agua. Los pajecitos de Uribe pelean fervorosamente entre sí, perdiendo minutos e insultos sagrados que deberían dedicarle al presidente Castro-chavista (esto es, a Santos Juan Manuel).
Esta es la situación actual. Podría clarificarse. Pero podría seguir como está. En ese caso, hagan sus apuestas para una segunda ronda en las presidenciales de 2014.
Francisco Gutiérrez Sanín*
