Se está ventilando la idea de acabar con la estratificación en las ciudades, bajo el argumento de que “ha generado estigmatización” y “exclusión”. La idea subyacente es, me imagino, que ignorar ese dato resulta políticamente correcto. Algún burócrata internacional —apoyándose en el curioso argumento de autoridad de que conoce muchos países— sugirió que Colombia está muy atrasada y aislada en la materia, y que por tanto debería actualizarse, eliminando los estratos.
Lo malo de estas tonadas —de las cuales la mejor es sin duda la famosísima ranchera de José Alfredo Jiménez que contiene esta declaración: “yo no sé de estas cosas de las clases sociales”— es que no dicen una palabra de cómo hacer política social a partir del vacío que queda. Las ciudades colombianas están terriblemente segregadas: esa es la realidad de facto, y lo que genera, de manera natural y permanente, exclusión y estigmatización. Si alguien me dijera que no, que lo que excluye es la estratificación, le pediría que me lo demostrara. ¿Alguien ha visto alguna vez que, por ejemplo, a la entrada de un establecimiento, o para ingresar a alguna asociación (un club, digamos), o simplemente en el proceso de exigir la identificación a alguien en la calle porque se le considera amenazante o peligroso, se le pregunte el estrato? Yo, por lo menos, no conozco un solo caso. Aquí a la gente la excluyen mucho: pero lo hacen no por su estrato sino porque es pobre, o india, o negra (son ejemplos: la lista es más larga). El estrato se usa para otros propósitos, como establecer las tarifas de los servicios públicos.
Y precisamente como Colombia está entre los países más desiguales del mundo, no nos podemos dar el lujo de actuar como si quisiéramos convertir la justamente famosa canción de José Alfredo en doctrina. Tendríamos que tener muchas formas de medir y seguir la desigualdad extrema, que es un terrible mal social en sí y que seguramente esté asociado a otros, como la violencia. La estratificación no es sino una forma de medición de la desigualdad. Acabarla suena bonito (como la canción de José Alfredo) y políticamente correcto, pero en un país como el nuestro es un nocivo acto de negación. A menos de que se arguya que la estratificación es una forma muy imperfecta de medir, y se exhiba una mejor, que la pudiera reemplazar.
Sigamos disfrutando a José Alfredo. Pero no lo convirtamos en un oráculo de política social.
A propósito de todo esto, murió el extraordinario economista de la Universidad del Rosario, Manuel Ramírez. Ramírez tenía un olfato infalible para detectar las inconsistencias de esta clase de propuestas. Y —ahora que algunos se hacen lenguas por la mente fantástica de Andrés Felipe Arias— vale la pena establecer el contraste: no era ni gritón ni astuto. Sólo genuinamente inteligente. Inteligentísimo. Algo que en Colombia, con su atracción suicida hacia los avivatos con buena garganta, de pronto no tenga tanto cartel. Combinaba su capacidad de construir modelos matemáticos con una apertura tranquila y reflexiva hacia otras formas de argumentación. Por formación estaba dotado de un alto sentido del rigor, pero no le encantaba tener la razón, sino pensar los problemas: algo admirable en cualquier contexto, y sobre todo en el nuestro. Cuánta falta va a hacer, cuánto aprendimos de él quienes lo conocimos.
Últimamente se me fueron otros amigos y colegas, con quienes compartí importantes (para mí) proyectos y a quienes admiré mucho (aparte de Manuel, el matemático Jesús Hernando Pérez, el físico Virgilio Niño, el politólogo Gary Hoskins). He tenido dificultades para referirme a esto, entre otras cosas porque no me puedo convencer de que en realidad estén muertos. ¿No será una mala broma? Pero tendré ocasión de referirme a ellos en el futuro.