No creo que pudiera disfrutar más lo que hago: estudiar, analizar y comentar la política.
Pero a medida que pasan los años he ido cultivando una nostalgia cada vez más profunda por la honestidad básica del deporte de alta competición. No me estoy refiriendo al ejercicio bonito y políticamente correcto: sacar a pasear al perro, trotar en el atardecer, o montar en cicla mientras se conversa con los amigos. Sino al deporte de adrenalina y apuestas grandes, al que hace daño tanto a sus practicantes (los tritura) como a sus espectadores (los vuelve paradójica y aterradoramente sedentarios), al de la competencia persistente y de dientes apretados, al de la disputa feroz y a brazo partido por un centímetro adicional. En ese mundo, naturalmente, hay decenas de tramposos. Pero no hay manera de abrirse paso a punta de carreta, como sí sucede en una porción muy sustancial tanto de la política como de las ciencias sociales. En el deporte puro y duro, el del espectáculo, puede haber embusteros deleznables (Armstrong en ciclismo), pero no hay en cambio lugar para el charlatán ni para el chambón extrovertido.
Digo esto porque en medio del tráfago de la coyuntura colombiana —cada vez más caliente y complicada, cada vez más diversificada en sus tramas— quiero referirme a una suerte de terremoto que conmovió al mundo del ajedrez: la gran húngara Judit Polgár se retira de la competencia activa. El ajedrez (el serio) fue hasta hace muy poco un mundo exclusivamente masculino. Cuando Judit irrumpió en las grandes ligas de los torneos para hombres, literalmente decenas de jugadores de primer nivel predijeron que no tendría futuro. Era, afirmaban, una suerte de figura circense, que no tenía la menor posibilidad de prosperar en las austeras lides del juego ciencia. Pero Judit se las arregló para callarlos a todos (bueno: a casi todos, pues si no me equivoco nunca fue capaz de derrotar a Kramnik, quien por otra parte fue uno de los que no emitieron expresiones públicas contra ella). Llegó al top ten de los mejores jugadores (hombres), y obtuvo durante lustros resultados espectaculares. Personalmente tranquila y moderada, su estilo de juego se caracterizó por una agresividad sin concesiones. Gari Kasparov, quien es reconocido como uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos, había predicho que Judit nunca haría gran cosa, “pues las mujeres son incapaces de adelantar una batalla sostenida”. Esto no lo dijo en la edad de las cavernas, ni cuando los dinosaurios poblaban la Tierra, sino hace un par de años. Después de que Judit le ganó una partida espectacular se le ocurrió un comentario más inteligente y más humilde: “Si hay una característica específica de la forma de jugar ajedrez ‘como niña’ es una gran ferocidad”.
Pues la amable y feroz Judit se retira, muy joven aún (cuarentona), porque fuera de las 64 casillas “también hay vida”. Lo interesante es que ya viene en camino otra jugadora de primer nivel, la mercurial china Hou Yi Fan. No sé si alcance las alturas de Judit: pero también ha obligado a todo el mundo del ajedrez a tomarla en serio. Así que no es extravagante imaginar que dentro de poco tendremos un grupo, todavía minoritario, de mujeres que puedan aparecer sin solución de continuidad en la primera línea de uno de los pocos deportes que no tendría por qué separar a los géneros (esto no es un capricho, dado el dimorfismo sexual de nuestra especie; pero en ajedrez no cuenta la masa muscular). Esta es la clase de cosas que tienen la capacidad de debilitar críticamente pesados estereotipos que nos terminan castigando a todos.
Constancia. Repugnante y aterradora la decapitación en vivo y en directo de un periodista por un militante del Estado Islámico.