CON LA REESTRUCTURACIÓN DEL acuerdo de desmovilización de los paramilitares y el timonazo en la relación con las víctimas —algo que estaba en mora de hacerse— el actual gobierno muestra una vez más que sus diferencias con el anterior no se reducen a una cuestión de estilo.
Como lo dijera en este diario Cristina de la Torre, hay mucho de sustancia nueva. En realidad, lo que están haciendo Santos y su equipo —no sé si conscientemente o no— es reinventando el centro.
Esquemáticamente, la cosa se puede plantear de la siguiente manera. Durante largos períodos, pero muy especialmente después de la traumática experiencia de La Violencia, Colombia ha contado con mayorías centristas muy sólidas. La izquierda electoral fue marginal, pero a la vez cualquier atisbo de extremismo de derecha era castigado en las urnas (piénsese en la competencia entre Virgilio Barco y Álvaro Gómez en 1986). Ahora bien, aunque el balance del centrismo colombiano está por hacerse, es claro que enfrentó dos grandes problemas que fueron empeorando con el tiempo. El primero fue simplemente la corrupción. El centro jugaba a las alianzas amplias, pero sobre la base de dejar un buen margen de maniobra a coaliciones regionales para que hicieran lo que quisieran, quizá no con la colaboración directa pero sí “a las espaldas” de la dirigencia nacional. El segundo fue lo que en el Frente Nacional se llamó “inmovilismo”. Como candidatos, los centristas eran bastante lúcidos a la hora de hacer diagnósticos sobre lo que andaba mal. Y sacaban de ellos frases, demandas, expresiones sugerentes, que se transformaban en expectativas. Pero como gobernantes dejaban en el tintero sus análisis y promesas, y muy mal paradas las expectativas. Uribe aprovechó casi clínicamente estas fallas del viejo centrismo para formar una coalición muy amplia y agresiva, en buena parte formada con el cemento del odio a la corrupción y a la inanidad de la vieja política bipartidista.
Pero las mañas, cuando están muy arraigadas, no desaparecen con facilidad, y de esa misma coalición ha surgido, de manera más bien sorpresiva, una vigorosa propuesta centrista, que promete combatir tanto la corrupción como el inmovilismo. Y que en términos del balance de expectativas contra realizaciones va saliendo bien librada. Enhorabuena. La pregunta es hasta dónde le durará la gasolina. Hay tres elementos que preocupan. El primero es simplemente que —como todos lo hemos visto— muchos de los peores enemigos de las propuestas de reforma están dentro de la coalición mayoritaria. No me refiero sólo a personajes como Lozano, cuyo comportamiento equívoco ya mojó suficiente prensa. Sino a hechos como el trámite del acto legislativo sobre regalías, acerca del que María Teresa Ronderos mostró —en excelente análisis que no ha sido refutado— que la constelación de intereses atrasados que se oponía a la reforma dejó de gruñir pero no porque haya sido convencida o derrotada, sino porque se salió con la suya. El segundo es que en el esfuerzo por no chocar con el uribismo militante se puede estar yendo demasiado lejos. La concesión de embajadas (Italia, Perú) a gentes que, con un poco de optimismo, uno puede tachar de no recomendables es un plato fuerte incluso para el más sólido de los estómagos. Y el tercero es que en temas críticos el avance podría terminar siendo demasiado lento o marginal, lo que nos devolvería al inmovilismo.
Me parecería una burrada monumental apostarle al fracaso de los esfuerzos de reforma de Santos y sus nuevos mejores amigos. Pero no hay que perder de vista que el proyecto de reinvención del centro, valioso e importante como es, tiene límites, complicaciones, y un largo camino por recorrer.