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La salud de la reelección

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Francisco Gutiérrez Sanín
05 de febrero de 2010 - 03:31 a. m.
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EN LA COLUMNA PASADA, CONECTÉ dos temas: la reforma a la salud y la campaña electoral.

Me pregunté cómo podía el Gobierno obligarle a la población a comerse semejante sapo, confiando en que en todo caso los votantes se mantendrían fieles. Durante esta semana, han aparecido nuevos elementos de juicio para adelantar algunas respuestas.

Ante todo, la reforma aquella —ya hemos comenzado a conocer bien los detalles— es un esperpento. La mejor argumentación favorable que he leído, en un artículo de la revista Semana, concluye pidiendo un “gran acuerdo nacional” para aclarar los problemas. Pero esa bienintencionada petición no deja de ser un poco sorprendente. ¡Porque ya existen las herramientas para llegar a ese “gran acuerdo”! Esas herramientas son nuestras maltrechas, pero aún existentes, instituciones democráticas. La reforma, que le mete la mano a nuestro bolsillo y a nuestros intereses más vitales, conscientemente se sustrajo a los ámbitos naturales de debate, como el Congreso.

Ahora voy a los aspectos electorales. Un sondeo de Datexco, publicado el sábado por El Tiempo, revela la compleja estructura de las preferencias de la mayoría de los colombianos. Ante todo, por un escaso margen, la gente preferiría que NO hubiera referendo. Así que la ponencia del magistrado Sierra Porto —quien aparentemente hace el lógico reconocimiento de que en la carrera reeleccionista se violó hasta la ley de la gravedad— no va contra “la voz de Dios”. Esta importante novedad al parecer no atrajo la atención de los comentaristas. ¿Sería por el título que se le puso a la nota (“Si hay referendo, la mayoría votaría a favor del Presidente”)? Como fuere, incluso esa mayoría también es exigua (47% contra 43%). Si los antirreeleccionistas se abstienen, eso no da para pasar la reforma. Pero la otra cara de la moneda también es importante. Supongan que Uribe —por una razón u otra— sí se puede presentar. Entonces aplastaría a todos sus oponentes. Si las elecciones fueran hoy, el 46% de los encuestados votaría por él, mientras que el segundo (Sergio Fajardo) capta el 8% de los apoyos, casi empatado con Rafael Pardo (al igual que los tres tenores sumados).

¿Qué muestra esto? Que estamos en una situación en que se combina un cansancio real con este Gobierno con la incapacidad de las otras propuestas de volverse alternativas creíbles. El escándalo diario, las iniciativas descabelladas, la brutalidad desde las alturas, están comenzando a hacer mella —de manera gradual pero muy tangible—. Pero: a) Uribe sigue teniendo una base social amplia y sólida, y b) los otros políticos siguen pareciéndole a la opinión, en comparación con el Presidente, unos enanos. Si cada uno insiste en hacer su propia campañita, es improbable que esa situación cambie. El lector habrá ya notado que, aún en el evento de que el Presidente decida desistir de su aspiración —cosa que no creo verosímil—, una competencia de enanos no le conviene al país. Pues con esas diferencias abismales Uribe y los suyos, quienes no se caracterizan precisamente por la serenidad republicana, quedan con una enorme capacidad de desestabilización. La tremenda dispersión del campo no-reeleccionista nos mantiene en el estancamiento.

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