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La sopita de letras

Francisco Gutiérrez Sanín

17 de abril de 2026 - 12:09 a. m.

Se acerca la Feria del Libro de Bogotá, un evento fantástico que –tengo la esperanza— vendrá con muchas novedades fuertes.

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Cierto: la producción académica y literaria va por un lado y las urgencias de un mundo cada vez más en riesgo van por otro. Los temas y los tiempos son diferentes. Quizás haya algo que lamentar en ello, pero también hay mucho de qué alegrarse. Yo con frecuencia recuerdo el ejemplo de Sartre, el ícono del intelectual comprometido, quien durante la ocupación nazi de París se dedicó a escribir “El Ser y la Nada”, una reflexión muy abstracta, que hoy probablemente se considere impenetrable. No porque considere esto alguna clase de ejemplo canónico —en este terreno no los hay, y la Francia de ese período, más que edificante, es deprimente—, sino porque muestra bien que la gente que tiene algo realmente importante que decir escribe desde lo que le digan el cerebro y las tripas, no necesariamente desde la coyuntura.

Sin embargo, a veces esas demandas vitales y las del momento se traslapan de manera fructífera y poderosa. Eso es precisamente lo que sucede con el libro de Jenny Pearce y Juan David Velasco, que lanzarán este 24 de abril en el pabellón de El Espectador: ¿Quién manda en Colombia? Élites, poder y nación (4 p. m., comenta Juan David Laverde).

Se trata de un trabajo meticuloso de muchos años —tengo la fortuna de poder dar fe de ello— sobre la estructura de la desigualdad en el país. Ella, junto con la violencia, es el gran tema del momento. No pasaron de moda, como algunos habían predicho con algo de alegría. A nivel global, la desigualdad, también la violencia, se ha vuelto cada vez peor. Es un punto focal del análisis de muchos de los mejores pensadores sociales del mundo en estos últimos años (piensen en Piketty o en Milanovic). Pero hablar aquí de la cuestión es complicado, entre otras cosas porque en contextos de desigualdad extrema es fundamental para los sectores más favorecidos mantener un cuasimonopolio del discurso sobre ella. “Controlar el relato”, dicen. Así que en Colombia tenemos esta tensión extraordinaria. De un lado, en la realidad (como verán, desaprendí mi postestructuralismo y ya me refiero a estas cosas sin pudor alguno), es el problema por excelencia. Del otro, en el relato y en el debate, se nota un esfuerzo extraordinario para que no exista. Como Alicia en el País de las Maravillas, que celebraba los no-cumpleaños, aquí las calenturientas agitaciones de la coyuntura se producen sobre un no-problema.

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Pero la realidad, como un perro afectuoso, siempre que puede deja ver sus orejas. El panorama colombiano es devastador. Verbigracia: con respecto a la desigualdad rural, según el IGAC, “2’400.000 predios de menos de tres hectáreas ocupan el 4 % del área rural y 29.525 predios de más de 200 hectáreas ocupan el 44 %” (cito acá un trino de María Mercedes Maldonado). Extraordinario. Y brutal. Les sigo recordando por acá que, con esa clase de abismos sociales, no somos viables. Entre otras, porque permiten cultivar diversas formas extraordinarias de ineficiencia.

Pearce y Velasco miran el asunto desde el lado más a la derecha de la distribución (es decir, desde quienes han acumulado muchas formas de poder). ¿Quiénes son? Bueno, tienen que comenzar por lo básico: muy poquiticos. Un poco como el nombre de ese estupendo grupo de rock bogotano, 1280 Almas. O como el venerable libro de Silva Colmenares, Los verdaderos dueños del país. Pero después viene un análisis que contiene muchos elementos nuevos, incluyendo evaluaciones cualitativas y cuantitativas, e invitaciones a debates cruciales que, creo, aún no agarramos bien (como técnica versus política). Recomiendo leerlo y asistir al lanzamiento.

En próximas semanas me referiré a otros títulos que me han llegado y que considero particularmente atractivos. Obviamente, si los afanes del momento —que sí marcan el paso de las columnas— me dejan.

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