Aunque las elecciones del domingo merezcan —como todas— análisis detallados, ya se pueden ir destacando algunos de sus resultados más gruesos. Estos son importantes y simples, y no deberían dejar perderse.
El primero es que el uribismo sufrió una derrota aplastante. De los premios gordos —gobernaciones y capitales— apenas cogió algo, muy en el margen Uribe sufrió una afrenta mayúscula: ser derrotado en su propio patio. Quedó claro, una vez más, que su popularidad no es endosable. Y que el extremismo de derecha y la campaña hirsuta y calumniosa contra la paz no dan grandes réditos electorales. ¿Querrán los políticos prácticos ir detrás de la derrota de la mano de los Rangel y las Cabal, o preferirán opciones más decentes y razonables?
Segundo, e igualmente importante, la izquierda tuvo un resultado muy malo. Perdió en su gran plaza, Bogotá, y no le fue bien en el resto del país. En la capital contaba con una magnífica candidata, que logró superar el canibalismo y tejer un discurso atractivo y que no metía miedo. Sin embargo, llegó de tercera y a muchos votos del primero. La izquierda tiene frente a esto dos opciones. O adoptar la reacción absurda, e inmoral de cara a sus votantes, de seguir proclamando que no tiene nada que criticarse, o entrar en un proceso serio y profundo de autoexamen.
Tercero, el gran ganador del 25 de octubre es el centrismo: en particular, los herederos del oficialismo liberal. Desde el Partido Liberal, hasta el de la U, pasando por Cambio Radical y por antipolíticos que se formaron en el caserón rojo. Al parecer, los susodichos herederos han preservado todas sus astucias, sin aprender nada de las implicaciones que estas trajeron consigo. Me explico: el triunfo de un centrismo renovado es una cosa. Otra es la victoria del viejo centrismo heredado del oficialismo liberal, o de los baronatos conservadores, ciego ante nociones básicas de ética o de legalidad. Así que estas fuerzas que arramblaron con todo apoyaron a algunos candidatos interesantes —Peñalosa o Pardo en Bogotá, por ejemplo—, pero a la vez en muchas partes se decantaron por gentes de las que lo mejor que se puede decir es que es mejor no decir nada. Me parece que Cambio Radical fue en esto particularmente escandaloso, superando o al menos igualando sus propias prácticas en el pasado, lo que ya es bastante.
Cuarto, la política de renovación ciudadana mantuvo un espacio con varios ejemplos notables, como los Federicos en Antioquia. Pero uno se pregunta si está condenada a mantenerse en el mundo del personalismo y de lo local. Estas figuras parecen prosperar sólo si no tienen partido, aunque subjetivamente suspiren por uno; esta es una de las tantas tragedias que afligen a los verdes.
El centrismo —pero no uno renovado, sino este viejo fenómeno que tanto dolor de estómago produce— tiene por tanto todos los ases —dada su naturaleza, de hecho, capaz tenga más de cuatro: cinco o seis—. ¿Qué hará con ellos? ¿Aprenderá a dejar de temerle a Uribe y a plantarle cara en serio? ¿Querrá emprender por enésima vez una renovación, y en contraste con las n-1 intentonas anteriores, tendrá esta alguna posibilidad de éxito? ¿Por lo menos algunos de sus elementos constitutivos tendrá incentivos para buscar nuevos horizontes ante las nuevas realidades y demandas que plantea la paz? Y, ¿podrán repensarse exitosamente la izquierda y el uribismo? Para conocer las respuestas, no se pierda el lector el próximo episodio.