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La voz del pueblo

Francisco Gutiérrez Sanín

20 de octubre de 2016 - 09:16 p. m.

La voz del pueblo es la voz de Dios, dice ahora el uribismo. Pero, ¿qué fue lo que dijo el pueblo? Característicamente, sus sabios mensajes necesitan de interpretación. Problema eterno, problema siempre actual. Que se presenta ante nosotros de manera renovada frente a la cerradísima victoria del No en el plebiscito.

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¿Qué significa? ¿Qué nos dice? Para mí, implica que los acuerdos van a necesitar ajustes y una legitimación electoral equivalente a la que se perdió en octubre. Nada menos que eso. Pero tampoco más. No quiere decir, como lo están planteando el caudillo y sus seguidores, que se les dio un mandato a los enemigos de la paz para reemplazar el cuidadoso resultado obtenido en La Habana por esta cacofonía de contrapropuestas ultraconservadoras con que nos regalan diariamente. ¿En realidad los millones de votantes que se manifestaron por el No están de acuerdo con la legitimación del despojo? Habría que preguntarles. Pero estoy bastante seguro de que no. Y, si de eso se trata, el programa electoral de Uribe sufrió una derrota en las urnas de 2014, cuando su ventrílocuo perdió en la segunda vuelta. El resultado del plebiscito no habilita a Uribe para aspirar al cogobierno.

Revisemos además los antecedentes. Durante toda la campaña, el uribismo cuestionó profilácticamente la legitimidad del proceso, desarrollando en paralelo contra el plebiscito una campaña de demandas legales y otra de deslegitimación. Es que esperaba perder, y entonces había que ensuciar el resultado. Ahí sí la voz del pueblo no era la de Dios, sino el intestinal gruñido de la mermelada. Aparte de esto, lanzó una brutal campaña de mentiras, cada una más exasperada que la anterior. A Vélez, que fue lo suficientemente tonto como para vanagloriarse de esa estrategia de la que estaba tan orgulloso, lo echaron como un perro y lo cubrieron de insultos. Lo sorprendente es que nadie le esté pidiendo cuentas a Uribe por esto, y que en cambio el caudillo ande por ahí muy orondo proponiendo una agenda para que él pueda cogobernar. Pero de hecho el antecedente más importante con respecto de la interpretación del No es a la vez el más benévolo. Como estrategia electoral –brillante, hay que decirlo— a Uribe se le ocurrió decir que proponía un No a favor de la paz. Llevaron a la gente a las urnas so pretexto de defender la paz. Los uribistas y sus aliados presentaron objeciones al acuerdo, pero no estrategias concretas para superarlas. Estas llegaron después, en un torrente desordenado, que incluye abundantemente temas y soluciones que jamás había escuchado el electorado.

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Por todas estas razones, el resultado del plebiscito no se puede leer como un rechazo al acuerdo, o como un respaldo a una suerte de cogobierno, ni siquiera como un mandato para incluir temas específicos. Es que para ganar el uribismo jugó de todas las maneras posibles con la ambigüedad. Siguiendo la metáfora que ha guiado esta columna: logró que la voz del pueblo (de la mitad y un puchito) se manifestara a su favor, pero para obtener ese resultado hizo imposible su interpretación. Cierto: no es no. Y cuando la gente dice no, eso tiene consecuencias. Pero me resulta grotesco que el señor Rangel esté ya clamando al cielo “porque nos pusieron conejo”. ¿Conejo a qué? ¿Específicamente qué se necesitaría para que el señor Rangel no se sintiera estafado? ¿Quizás que se legalice el despojo de tierras, sorprendentemente en nombre del respeto al derecho de propiedad?

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A propósito: si de algo han servido estos debates ha sido para resaltar una vez más la centralidad de la tierra tanto en el conflicto como en la paz posible. El Observatorio de Tierras organiza el 26 y 27 de octubre un importante seminario internacional sobre el tema. Detalles en http://www.observatoriodetierras.org/

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